sábado, 3 de noviembre de 2012

Capítulo 9 (Parte I)


En mitad de la noche un grupo de agentes de la paz interrumpe la conversación en susurros que Peeta y yo estábamos teniendo. Cuando abro la puerta, aún con lágrimas cayendo por las mejillas y los ojos rojos e hinchados, me dicen que venían a comprobar que si estábamos todos en casa. Les invito a pasar, a que comprueben con sus ojos que no nos hemos movido y que les odio profundamente a ellos y sobretodo al Capitolio.
-Todo correcto- me espeta.
Pero en puesto de marcharse se queda plantado en el pasillo. Me mira a los ojos profundamente y me pone las manos en los hombros como para darme alivio y consolarme. Peeta reacciona apartándolo, pero le detengo.
-Siempre serás el Sinsajo- dice el agente-. Ojalá puedas cambiar el transcurso de los hechos. Mis hijos también entrarán en el sorteo.
Así que todos, de verdad, independientemente de si eres de un distrito o del mismo Capitolio, van a sufrir viendo como sus hijos se encaminan año tras año hacia la maldita cosecha. Y veo en los ojos del agente de la paz la angustia y desesperación que yo misma siento. Sé que si antes cabía una mínima posibilidad de hacer para que tus hijos tuvieran menos papeletas o de que alguna de forma se libraran de ir, ya no es posible. August, el nuevo presidente de Panem, nieto de Snow, lo ha hecho de esta manera. De forma que nadie pueda librarse de su yugo, y me pregunto cuánto ha tenido que pagar, o en quién se ha tenido que apoyar para que le den su apoyo incondicional. Porque antes, cuando surgieron los juegos por primera vez, el Capitolio no entraba jamás en la cosecha. No iba, así de simple. Ellos se quedaban engordando en casa, sin preocupaciones, sin temor de morir de hambre o de que tú mismo presenciaras unos juegos en primera persona, mientras la gente de los distritos moríamos como si fuésemos perros y nos enviaban a morir al espectáculo que ellos consideraban como una fiesta. Entonces, claro, el Capitolio, Snow, siempre iba a tener esa ventaja. Esas personas que no iban a ir nunca y tenían la seguridad de que eso sería así por lo siglos de los siglos, y entonces apoyarían ese gobierno hasta el final.
Yo marqué la diferencia, yo hice con las jaulas de noche el primer desafío en 64 años para, después de un vasallaje que me devolvió a la arena y una guerra, acabar con todo aquello. El Sinsajo. Yo era eso, pero ya no más. No pienso colocarme de nuevo en esa piel porque no puedo. Mi hermana murió porque yo me convertí en el Sinsajo, en el símbolo de la revolución. Y si no pude salvarla de la muerte, entonces ahora no podré salvar a nadie más.
-Suerte- le digo de todo corazón al agente-. Espero que ninguno de nuestros hijos tenga que ir- se me quiebra la voz y Peeta me sostiene en sus brazos.
-No hagáis tonterías- me susurra-. No os vayáis, es lo peor que puedes hacer, Katniss.
-No lo haré- le prometo.
Al salir ellos de mi casa y Peeta cerrar la puerta con llave, sollozo para finalmente romper en lágrimas. Lo sabía. Lo he sabido siempre. Sarah y Jaden no deberían haber nacido porque ahora pueden morir y yo puedo verlo mediante una pantalla sin poder hacer nada. Me dejo caer al suelo, hincando las rodillas en la madera y me tapo la cara con las manos.
-Tranquila, cariño- me susurra Peeta al oído-. Todo saldrá bien, te lo prometo.
-¿Y si salen, Peeta?
-No, eso no va a pasar. Sólo habrá una papeleta para cada uno.
Me remonto a hace tantos años. A ese día en que yo le dije a Prim que sus posibilidades eran casi nulas porque era su primer año y en la urna sólo habría una papelito con su nombre. Sí, una posibilidad entre miles. La mala suerte basta para que esa mínima posibilidad, en comparación con mis otras muchas papeletas, fuera lo justo. Porque aunque me intente convencer de que mis hijos sólo tendrán una posibilidad cada uno, sé que con una es suficiente para ir a los Juegos. Suficiente para morir y suficiente para seguir otro año más con vida también.
-Prim también tenía una única papeleta, y yo no podré presentarme en lugar de cualquiera de los dos si sus nombres son cogidos- lloro.
Además de que este año, estos primeros juegos de este primer gobierno, dudo mucho que se presente alguien voluntario en su lugar. Porque antes podías pensar que por venganza, por intentar ganar para traer algo de riqueza a tu familia o distrito, alguien podría ocupar tu lugar. Pero este año, estos chicos que han vivido y nacido sin Juegos, ¿puedo esperar que alguno se presente voluntario por mis hijos? Ni aún siendo el Sinsajo. Para ellos yo no tengo la importancia que puedo tener para la gente de mi edad. Así que si alguno de los dos salen, lo único que puedo esperar es que sepan defenderse.
-Gale llegará a tiempo al 2 para la cosecha- dice de repente Peeta-. Por lo menos tú y yo estamos juntos en esto. Annie y él no tienen a nadie.
Es cierto. En cuanto echamos a los agentes de la paz del jardín de Haymitch y Caesar nos dio la noticia, Gale y Annie partieron con sus hijos hacia sus distritos. Ambos con ganas de llorar, ambos maldiciendo lo que yo ahora maldigo.
-No tendremos tan mala suerte- digo para mis adentros en voz alta-. Estarán bien. No irán a los juegos y podremos escaparnos entonces.
-¿Quieres irte?
-Me prometiste que si algún día estaban en peligro entonces huiríamos.
-Sigo manteniendo mi palabra.
-Entonces que así sea. En cuando pase la cosecha, nos iremos a los bosques.
Peeta y yo nos vamos al salón. Nos sentamos en el suelo mientras la luz de las llamas bañan nuestros rostros. Lo que se supone que iba a ser el día de mi vida, de repente, se ha tornado en algo parecido a una pesadilla. Ahora mismo debería estar disfrutando de la noche junto a mi marido. Deberíamos los dos estar rumbo a alguna parte como luna de miel o acostándonos como si fuera la primera vez. Pero no, y por mucho que me apeteciera una de las dos cosas, con todo lo que se nos viene encima y la preocupación que arrastro conmigo, sería imposible.
Miro a mi marido a los ojos y me echo a sus brazos intentado no llorar más de lo que lo he hecho hasta entonces. Esta noche no dormiré, es algo que tengo claro. Sólo quiero que todo pase rápido, que me despierte de tal pesadilla, y que el caos que esté viviendo sea una especie de broma de mal gusto o lo que sea. ¿Por qué el día de mi boda? ¿Por qué cuando más soy feliz tienen que estropearlo? ¿Por qué cuando creo que por fin estoy a salvo tienen que hacerme ver que eso nunca será posible? Que por mucho que lo crea y lo intente eso de ser libre nunca será una realidad. Que cuanto más quiero algo, más intentarán robarlo. Que cuanto más me ciegue con promesas falsas, más dolor me causará el destaparme los ojos y ver la realidad ante mis ojos.
La realidad de hoy es que los Juegos, el yugo del Capitolio, la opresión, la maldad, son cosas que durante toda la eternidad van a seguir existiendo. Que pueden haber existido, existir y que existan miles de Sinsajos como yo a lo largo de la historia, pero que jamás seremos suficientes como para erradicar la perversidad que hay arraigada en el corazón de las personas.
-¿Seguiremos siendo mentores?- le pregunto a Peeta con miedo porque eso sería incluso peor que quedarme en casa si mis hijos salieran. El tener que intentar que uno de tus hijos sobreviva matando a muchos otros niños que no tienen culpa de nada.
Peeta me mira a los ojos y los cierra con fuerza, como cuando tenía un ataque y por un momento temo que hasta el Capitolio haya podido volver a arrebatármelo.
-Perdóname- dice de repente-. Lo siento, Katniss. Si llego a saberlo, a intuirlo de verdad, jamás te lo hubiese ocultado.
-¿El qué?
Entonces me acuerdo de que todos, antes, en casa de Haymitch, parecían saber algo que me habían estado ocultando y que creo que tiene que ver con lo que Peeta me va a decir a continuación. Algo que tiene relación con los juegos, con las elecciones y con no hacerme daño. Algo que tenían planeado y que según Paylor no les salió como tenían previsto.
-Paylor nos convocó hace una semana en casa de Haymitch. Tú estabas en el lago con los niños, así que todo estaba planeado de tal manera que tú no te enterases de nada porque supuestamente lo íbamos arreglar entre todos. Cosa que parece no ha sido posible.
>>Paylor nos contó que habían llegado rumores al 13 de que la elecciones seguramente estarían amañadas y que puede que volvieran los juegos. Evidentemente nadie la creyó, pero resulta ser que es cierto. Aunque no nos lo llegamos a creer ninguno de los presente, Paylor nos dio un plan a seguir. Lo primero era que no te enteraras de nada porque en el mejor de los casos nada iba a pasar y no querían darte un mal trago antes de la boda, pues la cancelarías y la idea era tener a la población ocupada con nuestro compromiso.
>>Debíamos, si pasaba, si volvían los Juegos, mantener la calma. Effie y Cinna volverían a sus antiguos puestos. Tú, Haymitch y yo seríamos de nuevo mentores, así como todos los vencedores que siguieran con vida. Pero, bueno, al ser los primeros en tantos años, habría una posibilidad y es que los padres de aquellos primeros tributos que participaran en los juegos, independientemente de si ese distrito tenía o no mentores previos, podrían ellos ejercer ese puesto. Es decir, que si por ejemplo, Oliver saliera, Gale podría ir.
-Eso es horrible- musito-. Lo es que me hayáis mentido, pero mucho más lo que van a hacerles a esos pobres padres.
-¿No fue así en los primeros? ¿No fueron los padres de los tributos sus mentores?
Me encojo de hombros. Mi mente sabe perfectamente cuál es la respuesta a la pregunta, pero ni siquiera tengo fuerzas de rescatarla. Abrazo aún más a Peeta con odio por haberme mentido, pero aferrándome a su cuerpo con fuerza porque tengo miedo a perderme. Lo necesito en estos momentos y pelearme por haberme ocultado el asunto no sería bueno para ninguno de los dos. No teniendo una cosecha con la que lidiar dentro de escasas horas. Así que al despegarme de él, lo miro a los ojos y junto nuestros labios mientras las lágrimas saladas de ambos se mezclan en nuestras bocas.

Todo el trabajo que ayer hicieron los estilistas queda abandonado a otra dimensión y las ojeras, los ojos hinchados y rojos, y los labios secos y algo agrietados lo reemplazan. Me froto la cara y me echo agua de nuevo. No hay nada que hacer, esa es la conclusión a la que llego cuando me miro al espejo por cuarta vez esta mañana. Me he pasado toda la noche llorando en los brazos de Peeta, intentando encontrar el modo de sacar fuera a mis hijos de la cosecha, pero no he encontrado nada que me sirva sin hacer daño a alguien o sin poner en peligro nuestras vidas. Así que lo único que me queda es la resignación y esperar que ellos no salgan. Ni ellos ni nadie querido y conocido, lo cuál creo que será algo difícil.
-¿Katniss?- oigo la voz de Peeta desde la cocina.
No quiero contestarle. No quiero en estos instantes hablar con nadie, ni ver a nadie, ni que exista nada. Quiero despertarme de la pesadilla que estoy teniendo. Quiero abrir los ojos y encontrarme en mi vieja casa en la Veta, a Prim dormida a mi lado, a Buttercup bufándome y a Gale esperando en el bosque para lo que será un buen día de caza. Quiero que todo vuelva a como era antes de la primera y última cosecha de Prim. Quiero que nada de lo que presencié y viví pasara, y por último, quiero que todos los que hay ahora mismo en esta casa, que todos aquellos con los que me he cruzado en mi vida, y todas esas personas que me conocen por ser el Sinsajo no tengan ni idea de que existo. Así todo sería mejor. Todo sería distinto de no haber nacido, o de no haberme convertido en lo que soy ahora y por lo que tengo que pagar. Un precio demasiado alto.
-Katniss- Peeta se acerca hasta la puerta del cuarto de baño y da unos golpecitos-. Tu madre está aquí. Quiere verte.
Está bien. He de recomponerme. Todavía no hay nada asegurado. Hay muchos niños en el 12 y no tienen por qué ser mis hijos. Sé que aún así voy a tener que ejercer de mentora, de hecho a primera hora de la mañana me llegó una carta firmada por el mismo presidente de Panem invitándome a ello, pero no puedo dejar que nada ahora mismo me derrumbe. Al menos tengo que ser fuerte por mis hijos. Si no lo hago, si dejo que todo esto me haga pedazos por dentro y me suma así en un caos algo indescriptible, entonces estaré haciendo lo que mi madre hizo tras la muerte de mi padre, cosa que no voy a consentir.
-Vale- suspiro-. Eres el Sinsajo, ¿no?- le recuerdo a la mujer que hay reflejada en el espejo-. Haz el favor de salir ahí afuera y cargar tu arco.
Y, como me he dicho a mí misma, abro la puerta y me preparo mentalmente para todo lo que sé o que intuyo saber que va a pasar en las horas siguientes. Mi madre me espera en la cocina, algo seria para lo que estoy acostumbrada a ver, y tras decirme que tome asiento y cogerme las manos dice:
-Katniss, sé que no he estado todo el tiempo ahí, a tu lado, y puede que ahora no sea el momento idóneo para compensarlo, pero quiero que sepas que estoy contigo.
-No importa, mamá. Ambas lo hemos pasado mal y ahora...
-Escucha- me interrumpe-, no te estoy pidiendo perdón, solamente digo que no puedes rendirte ahora, ¿vale? Yo lo hice contigo y con tu hermana. Ahora que tú eres madre, no puedes venirte abajo. Tienes que luchar por ellos. Yo he aprendido algo tarde, pero tú estás a tiempo.
-Mamá, lo dices como si fuera a salir alguno de ellos.
Ella agacha la cabeza, me aprieta más las manos y por un momento creo que se va a echar a llorar. Entonces se incorpora y me regala una leve sonrisa. Ahora veo que sus ojos están empañados en lágrimas y que puede que esta noche haya llorado como yo y supongo que como otros muchos ciudadanos.
-Katniss, a partir de hoy vas a comprobar que ser madre de lo que podrían ser tributos es lo más difícil con lo que tengas que lidiar. Puede que hoy se salven, sí, puede ser. Pero eso no quita que puedan salir en años posteriores, y eso, cariño, eso es lo que tienes que comprender.
Sus palabras se me clavan como si fueran miles de cuchillos afilados. Cada hoja de los mismos me traspasa con fuerza y hace que todo el cuerpo me duela. Mis ojos no pueden segregar más lágrimas, así que lo único que hago es soltarle las manos y esperar a que el agua helada que me acaba de caer por la espalda se seque de alguna manera. Aunque tiene razón. Hoy pueden salvarse, pero cada año que pase, será un año en el que perfectamente pueden salir. Cada año más papeletas, cada cosecha más posibilidades para que salgan. Reprimo de nuevo las ganas de coger a todo el mundo y arrastrarlos conmigo al bosque.
-Debemos huir- musito.
-No podemos- dice de repente Peeta-. Somos mentores, estamos atados. Será imposible y si nos encuentran nos matarán.
-Es cierto, hija- mi madre vuelve a tomarme las manos-. Estamos como al principio de todo. Sólo podemos esperar a que alguien como tú salga para mostrarnos la luz.
Con eso sé que quiere decir que no puedo volver a ser el Sinsajo. De hecho puede que haya algún tipo de protocolo para que si vuelvo a tener alguna esperanza de volver a formar algún levantamiento acaben conmigo en cuestión de segundos. Estamos todos encadenados bajo el yugo del Capitolio.
-Tenemos que salir ya mismo. El toque de queda será en unos minutos y no estamos listos- dice Peeta con voz queda.
-Sí.

Capítulo 9 (Parte II)


Me levanto de la silla, abrazo a mi madre, pues sé que ella al ser abuela también lo está pasando mal, y me dirijo hacia las escaleras. Peeta va delante mía, si mirar hacia atrás, sólo pendiente de no tropezarse. Él puede que esté peor que yo aunque no lo demuestre. Le quitaron a su familia, le hicieron olvidarse casi de mí, casi muere como un millón de veces, y encima se siente culpable por haberme insistido en tener a Jaden y Sarah, cosa que sabía que yo no estaba muy de acuerdo. Y se le suma que volver al Capitolio en estas condiciones, como mentor de dos niños que no tienen ni idea de lo que son los Juegos y que estarán más asustados que nosotros cuando fuimos, le afecta demasiado.
Sarah sale por la puerta de su dormitorio y me abraza en cuanto me ve. Ella puede comprenderlo un poco mejor que su hermano, pero aún así sé que no está preparada en absoluto. Le correspondo el abrazo con fuerza y al poco tiempo se suma Jaden. Peeta decide también abrazarnos y quedamos todos hechos una piña en el centro del pasillo. Nos sé qué es lo que ocurre, pero todos comenzamos a estallar en carcajadas nerviosas. Todos tenemos miedo y ahora mismo lo estamos liberando, juntos, unidos, fuertes y valientes, esperando que lo que tenga que ocurrir, suceda en el mejor de los casos.
-Os quiero- digo en voz alta-, y pase lo que pase nunca os dejaré solos, ¿vale?
-No lo dudamos, mamá- responde Sarah-. Siempre unidos.
-A salvo y vivos- recuerda Peeta-. Siempre.
-No pasará nada malo- termina Jaden.
Nos vestimos apropiadamente, pero tampoco para ir a un desfile de modelos del Capitolio. Algo elegantes, al fin y al cabo, si miramos hacia atrás, las ropas que tenemos ahora no se pueden comparar con lo que solíamos llevar. Y además tampoco es que apetezca mucho ponerse las mejores galas para algo que va a ser como una sentencia de muerte. Si por mí fuera, iría con lo peor que pudiese tener. Al bajar las escaleras, descubro que mis hijos ya están listos y que Peeta y mi madre ya están saliendo por la puerta. El toque de queda suena y suspiro profundamente.
-Una cosa antes de irnos- digo alzando la voz-. Quiero que todos sepáis que...- pienso bien en lo que voy a decir. Quiero que transmita fuerza y coraje, pero tampoco quiero que se arme una revolución con eso-. Los valientes no lloran y que los cobardes esconden la cabeza. No me cabe la duda de que todos vosotros sois las personas más valientes que he conocido y que hoy lo vais a ser más que nadie. Cada uno de vosotros lleva un sinsajo dentro.
Caminamos sin prisa hacia la plaza donde estará colocada la plataforma en la que un año más, Effie se subirá y tras decir unas palabras sacará las papeletas de las urnas. Después los tributos serán conducidos al Edificio de Justicia donde tendrán una hora para despedirse de sus familiares. Peeta, Haymitch y yo somos los mentores así que no sé si los padres de los tributos irán con nosotros para ejercer dicho puesto.
Cuando llegamos a la plaza un agente de la paz nos localiza e identifica y nos dice que hemos de acompañarle ya que nosotros debemos sentarnos en el escenario junto con Haymitch y la alcaldesa. Así que, antes de que mis hijos se dirijan hacia las filas separadas por edades, abrazo a los dos y les digo:
-Sois todo lo que tengo y no voy a permitir que os pase nada. Os lo prometo.
Me separan de ellos y no puedo ver con claridad lo que pasa después. Nos trasladan a Peeta y a mí al interior del Edificio de Justicia y esperamos a que nos llamen.
-Nunca tuvimos la oportunidad de saber lo que se siente- dice Peeta-. Dos años seguidos siendo tributos. En realidad nunca fuimos mentores.
-No os perdisteis mucho- anuncia Haymitch-. Ya que pensaba que me iba a librar para siempre- refunfuña.
-Nadie iba a saber que volverían- digo yo.
-¿Creéis que hay alguna manera de hacer que vuelvan a irse?- pregunta Peeta.
-Necesitaríamos una guerra, y, por supuesto, otro Sinsajo.
-¿Es que me he quedado anticuada?- replico.
-No- contesta Haymitch-. Supongo que no querrás volver a meterte en su piel, ¿no?
-La verdad es que no.
-¿Ni siquiera por nuestros hijos?
Es entonces, mediante esa pregunta de Peeta, cuando veo por primera vez que está molesto conmigo. Lo miro entrecerrando los ojos, intentando descubrir qué he hecho para que esté así. ¿Será eso? ¿El casi haberme rendido? ¿El no haber tomado cartas en el asunto? ¿El no volver a ser el Sinsajo? Mientras todas estas preguntas me rondan en la cabeza y me devano los sesos para intentar hallar una respuesta coherente, los agentes nos llevan hasta el escenario, y cuando el sol me da de lleno en la cara y veo a todos ellos niños de pie, mirándonos fijamente, el corazón me da una punzada enorme y aparto las preguntas para un momento más tardío.
Nos sentamos en los asientos indicados y busco caras conocidas entre todas las que hay abajo. Para mi desgracia hay demasiados chicos y chicas que conozco. Entonces doy con Jaden y esbozo una pequeña sonrisa. Ya ha pasado todo el proceso de identificación y no veo en él ningún signo de preocupación o alteración. A Sarah no consigo encontrarla y eso hace que me ponga más nerviosa todavía. Me incorporo un poco para ver mejor hasta que Peeta tira de mi falda para que vuelva a sentarme y mantenga la compostura.
-Están ahí, no van a ir a ninguna parte- me recuerda.
-¿Y si sale uno de ellos, Peeta? ¿Qué pasará?
-No lo sé- dice y tras un silencio suelta lo que tenía guardado-. Pasará que tenías razón y que nunca debí haberte obligado a tenerlos.
-¡Peeta! No me obligaste- exclamo-. Me convenciste, que es distinto.
-Pero no querías.
-En el fondo sí, lo único que no quería es esto de aquí.
-Lo siento- se disculpa.
-De eso nada- me acerco a él y le doy un beso corto en los labios-. Te quiero, ¿vale?
La alcaldesa nos interrumpe diciendo algo para todo el mundo, pero no me molesto en escucharla. Que diga lo que quiera, lo que le hayan dicho que tiene que pronunciar. Yo mientras seguiré pensando qué hacer, porque no puedo dejar que esto suceda año tras año de nuevo. ¿Sería bueno volver a ser el Sinsajo aunque signifique mi muerte?
Gale ahora mismo estará en el 2, entre todos los padres, rezando para que Oliver no sea el tributo masculino, que si estuviéramos en los Juegos de toda la vida, sería un profesional. Cinna llegará al Capitolio mañana o así, no sé cómo va a hacer para preparar todo lo que tenga en mente, ni para recomponerse del duro golpe. A Effie la veré en cuestión de segundos y a todos los demás, bueno, espero no verles. Aunque supongo que Enobaria, Johanna, Annie y Beetee serán mentores de sus distritos. ¿Cómo será realmente este año? Cuatro tributos más. Tributos que no tienen ni idea de lo que son los Juegos realmente. Chicos y chicas que no han pasado hambre en sus vidas, que no saben cazar y mucho menos coger un arma. ¿Serán capaces de matar o, por el contrario, esperaran a morir de hambre, frío o por alguna enfermedad? ¿Qué les tendrán los vigilantes preparado para que se desarrollen los Juegos una vez en la Arena?
Effie Trinket aparece en escena caminando lentamente hacia el micrófono, posando su mirada en mí y en Haymitch antes de pronunciar cualquier sonido. Ella no quiere hacerlo. No quiere que esto suceda de nuevo, al igual que muchos de todos los que estamos en la plaza, por no hablar de toda la totalidad de Panem.
-Bienvenidos- comienza esta vez con un tono apagado en la voz-, bienvenidos a los Septuagésimo Séptimos Juegos del Hambre y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte. Creo que todos ya sabéis el comunicado que hubo anoche, y por motivos que no me están permitidos decir, se ha modificado la fecha. El sistema es el mismo aunque con alguna modificaciones. El sorteo se realizará entre chicos y chicas de 11 a 18 años, siendo dos tributos por cada distrito y dos por el Capitolio. El proceso que le sigue a esta cosecha se mantiene.
A Effie se le quiebra la voz. Cierra los ojos y creo ver en sus labios lo que es una cuenta hasta el número diez. Mientras, el silencio reina en toda la plaza y nadie se atreve a corromperlo. Ni un murmullo, ni un carraspeo, ni siquiera el sonido del aire o de algún animal se deja entrever. Ni lágrimas, ni suspiros. Nada de nada. Sólo el silencio de una gran comunidad, sólo el aplauso que podemos darle a Effie. Aunque, si lo que quiero de verdad es darle una muestra de apoyo, entonces sé lo que tengo que hacer. Me levanto de la silla y sin avanzar un paso me llevo los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y los lanzo hacia el frente mirando a todos los presentes. Sólo aquellos que saben el verdadero significado me acompañan.
-Perdonad- dice Effie-. No es fácil- traga saliva y prosigue-: como todos los años el Capitolio decide poner un video para la ocasión y esta vez no iba a ser diferentes, así que ahí lo tenéis- señala una gran pantalla y se aleja un poco del micro.
No pensaba que a Effie le fuera a afectar tanto. Puede que de lejos la hubiese puesto entre los principales. Pero supongo que no tengo ni idea de cómo se puede sentir. Ella es la que saca los papeles, ella es la que, en realidad, lleva a los tributos a la Arena. Debe ser un trabajo horrible. Además, puede que antes sí que lo quisiera hacer, pero ahora, después de todo, lo dudo.
Me levanto y me arrastro hasta ella mientras el video, distinto a todos los que he visto y que resume ambas rebeliones, se reproduce.
-Lo estás haciendo muy bien- le animo-. Ahora te queda lo último. No te preocupes. Sean quienes sean esos dos chicos no te vengas abajo.
-La última vez saqué tu nombre, y la anterior fue el de tu hermana. Si tengo la misma suerte, este año puede que coja a Sarah o a Jaden.
-No. Eso no pasará. Recuerda: una posibilidad entre miles.
El video acaba y Effie vuelve al micro. En este momento me evado. Mi mente se queda lejos de manera que mi cuerpo no sufra ni sienta nada. No sé si quiero ser consciente cuando diga el primer nombre, pero, si soy capaz, espero no derrumbarme sea quién sea.
-Las damas primero- dice Effie dirigiéndose hacia la urna de las chicas.
Mete la mano dentro y rebusca entre todos los papeles. Deseo con todas mis fuerzas que no sea mi hija, que no sea mi hija, que no sea mi hija. Trago saliva con mucha fuerza y busco la mano de Peeta para que me dé fuerzas. Cuando Effie se sube al podio para leer las palabras que se encuentren escritas en el pequeño papel blanco, cierro los ojos. <<Que no sea yo>>, pienso sin querer como cuando tenía 16 años. <<Que no sea ella>>, me rectifico.
Effie acerca sus labios al micrófono y recita:
-Sarah Mellark- se ahoga en sus palabras y yo me tambaleo en el asiento.
Un murmullo gigantesco se extiende por toda la plaza y veo cómo mi hija, perdida entre todas las chicas, se dirige hacia el escenario sin vacilar. No lo duda ni un segundo. Es como si llevara toda la vida sabiendo que iba a terminar así, como si hubiera ensayado, como si lo supiese de antemano. Veo en ella mi reflejo. Y, aunque lucho por levantarme y gritar a toda voz que me presento voluntaria, sé que no puedo hacerlo y que si lo hiciera seguramente me arrestarían. Así que me quedo donde estoy, intentando asimilar que voy a ser mentora de mi hija y que ahora, el tributo masculino que salga estará directamente sentenciado por mí, porque pienso sacar a mi hija con vida de estos Juegos.
Sarah sube al podio y en vez del habitual cordial saludo, las cámaras recogen un abrazo amistoso y protector por parte de Effie a la chica. Entonces, sin más dilación, la acompañante se dirige a las urnas de los chicos, en el otro extremo del escenario, y rebusca meticulosamente entre todas las papeletas. Debe elegir con cautela cuál de ella le dará vida al próximo tributo, porque sabe que no puede sacar a mi hijo. Y ahora no deseo que sea él. Deseo que alguien se presente voluntaria por mi hija. Quiero que alguien con mi espíritu dé su vida por ella.
Effie sube de nuevo al podio y se seca un par de lágrimas. Con mucho esfuerzo consigue doblar la papeleta y, tras echarse las manos a la cabeza y dejar caer el papel, musita:
-Jaden Mellark.
El mundo se detiene por completo.

sábado, 6 de octubre de 2012

Capítulo 8 (parte I)


Me quedo contemplando el cuadro que Effie y mis hijos han colocado en el salón de Haymitch sin atender a las palabras que los presentes en la habitación dicen. Estoy demasiado confusa como para entenderlas porque quizá me esté pasando lo que me pasó después de matar a Coin. Creo que he entrado en un estado en el que vuelvo a estar mentalmente desorientada, aunque quizá solo sea la presión y el pánico apoderándose de mí. Sea como sea, el cuadro de Peeta hace que me quede observando cada detalle del mismo, incluso palpando algunas zonas de la pintura y maravillándome de lo reales que somos ahí dentro, de lo felices que parecemos, de que no hay ninguna preocupación. Es como si ese cuadro fuera la realidad y esta imagen de Peeta, mi madre, Cinna, mis estilistas, Paylor, Beetee, Haymitch, Effie, Enobaria, Johanna, Annie, los niños y Gale no fuera más que un cuadro retratando el horror de cada uno de nosotros. Si Peeta cogiera un lienzo, un pincel y una paleta de colores estoy segura de que podría pintar todo lo que mis ojos y mi mente me dicen.
Sigo mirando el cuadro, no quiero atender a los demás y me da igual si tienen que decir algo importante. Ya he escuchado suficiente por hoy. No quiero saber nada más de elecciones, de políticos corruptos, gente amenazando a mis hijos o a mí misma, ni nada más de lo que me han contado de vuelta a la Aldea de los Vencedores. Hoy es mi día. Era mi día. ¿Por qué simplemente no puedo pasar un día tranquila, sin preocupaciones y sin nadie poniéndome la espada en el pecho? ¿Por qué hoy, precisamente el día de mi boda, tienen que llegar para estropearlo?
El timbre de la puerta me asusta. No sé por qué. No sé por qué siento la necesidad de bloquear las ventanas y no dejar que la persona que haya detrás de ella pase dentro. Un mal presentimiento, una mala noticia viene acompañada de esa persona. Pero mi cuerpo no está decidido a cooperar y no se mueve. Peeta abre la puerta y tras de él veo a Caesar Flickerman con el pelo y las cejas morados. Casi igual que cuando lo vi la última vez y me quedo asombrada. Viene hacia mí directamente y me abraza.
-Quería darte mi más sincera enhorabuena y pedirte perdón por no haber llegado a tiempo-dice, entonces se coloca a mi lado y mira al resto-. Ha habido muchos problemas con el transporte. A mi no me dejaron subir en el tren que iba directo al 12 esta mañana y por lo tanto no he podido asistir. Pero al menos no ha sido en vano-hace una pausa y mira a Paylor directamente-. Puede que muchos de vosotros aún me veáis como un títere del Capitolio, pero he sufrido y aprendido todas las lecciones.
-¿Traes noticias?
Asiente con la cabeza y me mira a los ojos. Se muerde el labio inferior y suspira. ¿Qué pasa? Miro a mi alrededor. Todas esas caras tan familiares y conocidas me observan y apartan la vista enseguida. Hay algo que todos sabes y yo no. Algo que seguramente me han ocultado más tiempo del que creo y ahora ninguno tiene el valor suficiente para decírmelo. Pero aguardo en silencio devolviendo cada mirada con el doble de furia que puedo contener dentro. Al final Paylor es quién decide comunicármelo.
-Katniss- comienza y sé que no es nada bueno-, hay ciertas cosas que te hemos ocultado estas últimas semanas.
-No queríamos que sufrieras más-continua Peeta intentando justificar al resto.
-Pero creíamos que era lo mejor en su momento ya que parecía que entre todos podíamos solucionarlo-dice Beetee-. Aunque parece que no ha sido posible.
Todos, absolutamente todos en la sala menos Gale, agachan la cabeza. Miran sus pies y algunos se llevan las manos al rostro. Yo no dejo de preguntarme que podría ser eso tan horrible que han tenido que ocultarme y que ahora está causando este caos. Aunque algo en mi interior me da la respuesta.
-Decidme lo que es. Quiero saberlo, me da igual si me hace daño o no pero necesito saber qué es.
Haymitch levanta la cabeza y camina despacio hacia mí. Cuando lo tengo enfrente se vuelve al cuadro y lo señala. Veo que sus ojos se empañan en lágrimas y el corazón se me hace minúsculo.
-¿Qué ves?-pregunta pero no contesto-. Es una gran familia feliz y sin problemas. A salvo y sin daño, ¿verdad?-continúa.
-Sí-confirmo y miro el cuadro buscando alguna pista en él que me conduzca al grano.
-¿Qué más?¿Qué ha plasmado Peeta ahí dentro?
Muchas cosas. Todo en definitiva. La felicidad, la alegría, el saber que no hay más Juegos, la unidad, la fraternidad, el amor, lo que es imposible se vuelve posible...A mí por lo menos me transmite una infinidad de sentimientos.
-¿Vida?-contesto.
-Exacto-confirma-. ¿Qué es lo que hace que no estés vivo?
-La muerte-no sé por dónde me quiere llevar, pero por ahora no lo está consiguiendo y eso que él y yo nos entendemos a la perfección.
-Si, Katniss, todos morimos. Pero me refiero a que si estás a salvo, vivo, sin daño, sin preocupaciones y peligros, ¿qué es lo único que conozcas que puede arrebatarte todo eso?
Mi mente viaja tiempo atrás. Se remonta a mis once años, mi padre muerto, mi hermana muriendo, mi madre igual y yo camino de lo mismo. Mi desesperación por mantenernos con vida, el hambre que pasábamos, el frío, las incomodidades, la falta de sueño, de vida, de alegría, la opresión. El miedo de que al cumplir los doce tu nombre estuviera escrito en un papeleta que podía llevarte a una muerte segura. El tener que verte obligado a pedir teselas porque no te queda otra si quieres llevarte algo a la boca. El miedo que me producía todo aquello y lo valiente que me hizo en su día.
Las cosechas año tras año, sin remedio, sin justicia. Un mundo que sabes que tienes que afrontar. Tus amigos yendo a los Juegos, tú presentándote voluntario en lugar de tu hermano. Prim. Primrose Everdeen. El pánico tan grande, tan real y tan fuerte cuando escuché su nombre. Cuando mi pobre y pequeña hermana caminó hacia el escenario.
El Capitolio y sus horribles Juegos. El desfile, las entrevistas, los entrenamientos y la Arena, como no. El tener que luchar contra todo si quieres vivir. El no comprender eso de no ser una pieza de sus juegos pero provocar un levantamiento tras otro por mi actitud. Peeta muriendo, yo muriendo, Rue muriendo. Cato, Glimmer y Marvel. Thresh y Clove. Los mutos. La comadreja. Todo eso que me ha ido haciendo valiente, que me ha hecho luchar, que me ha mantenido de pie. Todas esas muertes, esos primeros Juegos, esos segundos Juegos, esa rebelión, se apoderan de mi y me golpean. Las heridas cicatrizadas vuelven a abrirse y necesito sujetarme en la pared.
Los recuerdos siguen fluyendo como si un río se estuviera descongelando después de años de letargo. La gira de los vencedores, Snow amenazándome, Gale sangrando. El Vasallaje. Todos esos vencedores reunidos en una nueva Arena dispuestos a combatir para perdurar o a morir para que los demás tengan una posibilidad de dar la vuelta a Panem. Peeta tendido en el suelo sin respirar. El recuerdo fugaz de nuestro hijo inventado para los patrocinadores. La sed y el hambre. Mi arco y mis flechas. La perla, la noche en la playa y multitud de pequeños detalles que ni sabía que estaban ahí. Los mutos de nuevo y la voz de mi hermana gritando por toda la jungla.
El horror que viví una vez salvada. Y ahora viene la lucha Peeta-Gale, ser o no ser el Sinsajo, andar perdida por culpa del secuestro de Peeta. Creer que el 13 es algo surrealista aún viviendo en él. La rebelión. Las muertes a mi paso. Las calles del Capitolio. La crueldad. Finnick.
Se acabó. No puedo más. No puedo llegar a la parte final donde mi hermana muere. No puedo dejar que Prim muera de nuevo en mis recuerdos, eso me duele demasiado. Pero aún así, aunque no llegue directamente a esa parte, aunque me prohíba recordarlo, todo lo demás acaba por hacerme ver lo que Haymitch quiere decir y dejo que todo ese peso, toda esa vasta carga de sentimientos, negatividad, muerte y dolor acaben por derrotarme y entonces mis rodillas fallan y caigo al suelo.
Pestañeo intentado recuperarme del shock, pero es algo que me ha dejado bastante conmocionada. Quizá solo haya sido un cúmulo de cosas las que me hayan llevado a pensar tal circunstancia, pero puede que de verdad haya entendido al mentor. Sé que todo el mundo tiene la atención puesta en mí, pero ahora mismo eso me da igual.
-No puede ser-musito con la voz ronca-. Me niego-y sacudo la cabeza.
Justo cuando voy a declarar en público mis pensamientos, alguien enciende la televisión (Paylor, creo) y no me atrevo a mirar a la pantalla. No tardo en descubrir la respuesta.
-El nuevo presidente de Panem, August Paladecki, quiere pronunciar un breve comunicado para la población-suena la voz de una presentadora-. Pero antes queremos dejarles en exclusiva imágenes inéditas de la boda de Katniss Everdeen y Peeta Mellark.
Eso, por supuesto, reclama mi atención y levanto la cabeza para mirar algunas fotos de la Pradera, de la ceremonia y del baile.
-¡Eso es imposible!-exclama Effie-. Mira que me encargué de todo-refunfuña.
A continuación veo la cara del nuevo presidente. A pesar de lo que creía es joven. No superará los cuarenta años, sí, incluso me aventuro a decir que tiene más o menos mi edad, aunque teniendo en cuenta la cirugía que allí, cualquiera sabe. August se aclara la garganta, pone los papeles en su sitio, sonríe hacia la cámara y procede a pronunciar su discurso:
-Ciudadanos de Panem, me alegra poder ser vuestro presidente desde este preciso instante. No sé que sabe cada uno de ustedes sobre lo que era un rey absolutista en tiempos antiguos, pero era todo un privilegio. De hecho, ahora podréis tener el honor de ser parte de un gobierno absolutista que velará por vuestro bien, como siempre-hace una pausa para cambiar de hoja y traga saliva-. Hemos pasado quince años de prosperidad. La tierra se ha regenerado, la población es joven, los ciudadanos son ejemplo de sacrificio y aquellos que sobrevivieron a la rebelión todo un ejemplo a seguir. No hay que irse muy lejos, todos conocemos a la señorita, perdón, señora Everdeen, aunque ya sea Mellark. Ella es todo un ejemplo de sacrificio y valentía, ¿verdad? Sobrevivió a dos Juegos del Hambre y encima se coronó Sinsajo. Increíble. Me pregunto si sus dos hijos serán como ella, ¿no sería interesante descubrirlo?
<<Pero no estoy aquí para hablar de Katniss. Estoy aquí para prometeros seguridad e igualdad. Sí. Puede que muchas decisiones a partir de ahora las tome y nadie pueda refutarlas y mucho menos negarse a ellas, pero la igualdad entre ciudadanos normales es lo que busco. Lo que me importa. Ese es el problema fundamental que muchas civilizaciones, imperios y reinos han tenido a lo largo de los siglos. Y durante mi gobierno, dure más o dure menos, es lo que voy a conseguir.
<<Pensemos pues en lo que falló en el penúltimo gobierno que hemos tenido. ¿Los Juegos? Supongo que ahora todo estaréis asintiendo en vuestras casas. Pero, os propongo otra pregunta, ¿qué falló de los Juegos? Sí, fue la no igualdad. Mientras que existía un Distrito 13 conspirando y el Capitolio se emborrachaba y disfrutaba. 12 distritos eran condenados año tras año viviendo injusticias. Por suerte eso terminó. Y vuelvo a mencionar a Katniss, nuestro querido Sinsajo que acabó con Snow. ¿Os acordáis de él? Yo sí. Como si lo viera todos los días. Y para una persona que no vivió junto a él mucho tiempo puede pensar lo que quiera. Que si era un tirano, que si gobernaba mediante la esclavitud y las amenazas, que si robaba... Bien puede ser cierto. Sin embargo yo he vivido junto a él desde que nací. Me cuidó y me enseñó y ahora retomo su camino en el poder. Mi abuelo era un hombre que no se merecía morir en tales circunstancias, pero al menos me enseñó que sus errores se podían enmendar y hacer de Panem una nación verdaderamente unida.
<<Después de esto, solo me queda una cosa que decir y la más importante. Quiero que todos vosotros, independientemente de qué distrito seáis, escuchéis con atención lo que voy a decir. Panem contribuirá en unidad al desarrollo de los bienes materiales, los sectores de la agricultura, ganadería, minería, pesca y madera. Los distritos 10, 11, 12, 4 y 7 volverán a tener sus funciones como lo hacían cuando el Presidente Snow gobernaba. Estos se encargarán del abastecimiento del Capitolio y el distrito 13. Los distritos 1, 2 y 8 proporcionarán los artículos necesarios para la vida cotidiana y tendrán que abastecerse a ellos mismos. El distrito 5 estará encargado de todo el sistema eléctrico de Panem, ampliando así sus fronteras con el distrito 4 y también se encargará de proporcionar el alimento necesario a éstos últimos. Los distritos 3 y 6 deberán abastecerse mutuamente mientras trabajan codo con codo en las tareas asignadas. Por último el 9 tendrá una función menos representativa aunque tendrá que aportar anualmente una cantidad específica de grano para los distritos 4 y 12. El distrito 13 tiene una función especial que no se mencionará en este comunicado.
<<Estas son las nuevas leyes: habrá un número determinado de agentes de la paz por distrito y zona. La áreas señaladas como prohibidas serán intraspasables. No se permite la caza furtiva en ningún distrito, siendo únicamente el 9 y el 12 los únicos donde habrá cazadores experimentados y contados en un censo que se repartirán y solo podrán ejercer su cargo en las fechas señaladas. Igualdad ante todos. Respeto al nuevo presidente e unidad unos para con otros. Siguen vigentes todas las anteriores normas con posibilidad de modificación en los siguientes días.
<<último punto. Panem acogerá un tradición anulada considerando así estos quince años un período de descanso. Durante tres años un grupo cuidadosamente seleccionado y altamente secreto ha estado diseñando lo que será el nuevo estadio de los Septuagésimo Séptimos Juegos del Hambre que acontecerán dentro de un mes exactamente. El dieciocho de septiembre, cumpliéndose así un mes de mi mandato, un nueva cosecha resurgirá de las cenizas. Pero, esta vez, hay reglas que se han cambiado ya que las de antes no permitían una absoluta igualdad. Este año, y a partir de ahora, década tras década, el Distrito 13 y el Capitolio entrarán en el sorteo, siendo así veintiocho los tributos que deberán luchar a muerte hasta que solo uno quede vivo. A este último tributo, vencedor, se le concederán riquezas y honores nunca antes vistos. Otra nueva regla es que la edad ahora es de once a dieciocho. Además las teselas van a desaparecer. Cada año se irá sumando el número de papeletas de cuántos años has participado aparte de la propia papeleta de dicho año multiplicado por dos. Es decir, que si a los once tienes dos, a los doce tendrás cuatro, a los trece seis y así sucesivamente. Los demás procedimientos vienen a ser los mismos. Y ahora solo queda decir que tengáis unos felices Juegos del Hambre, y que la suerte esté siempre de vuestra parte.
Pum-pum. Pum-pum-pum. Pum. El corazón de martillea constantemente en la sien mientras mi boca está completamente abierta y mis brazos tendidos en el suelo mientras intento encontrar la cámara oculta. Esto es una broma, así de claro y de simple. Porque claro, después de todo lo pasado y todo lo vivido esto no puede ser más que una gran mentira.
La gente a mi alrededor empalidece. Algunos se vuelven locos y comienzan a correr y gritar. Yo tengo un conflicto interno sobre si desmayarme o aguantar un poco más. Las reacciones me demuestran que ni ellos mismos se lo explican, ni esperaban y que no es una broma. Respiro profundamente y mi mente comienza a funcionar. Es como si desde este mismo instante me transportara los juegos y tuviera que pensar una estrategia o algo para salvarnos. Son mis hijos los que están en peligro. Y más ahora que hasta un niño de once años puede salir elegido. Si las probabilidades de sobrevivir y ganar con doce son remotas, con un año menos son casi imposibles.
He de poner a Sarah y Jaden a salvo, he de llevármelos lejos de aquí. Sí. Peeta me lo prometió. Si les pasaba algo, si cualquier cosa hacía que me entrase el pánico de esta forma entonces huiríamos al bosque. Y Gale está aquí, él puede venirse con nosotros. Oliver tiene catorce años y puede salir perfectamente. Lo mismo ocurre con Finn que tiene un año más.
-Al bosque-digo-. Yo me voy al bosque con mis hijos, no pienso dejar que un gobierno absolutista y tirano vuelva a arrebatarme algo, y menos a ellos.
-Por supuesto-dice Peeta que no parecía reaccionar hasta ahora-. Vayamos a casa a recoger las cosas necesarias. Puede venirse el que quiera.
-Me apunto-dice Gale-. No podría soportar ver a mi hijo ir a uno de esos asquerosos juegos.
-Y yo no me quedo atrás-dice Annie-. Finnick nunca habría permitido que su hijo participara en unos.
Asentimos los cuatro mientras los otros piensan qué hacer. La verdad es que no importa mucho ya que ellos no tienen hijos y no les afecta. Lo único sería el yugo que deberían soportar al tener que estar trabajando hasta alcanzar un número determinado de lo que les corresponda. Sé que Paylor tiene que recuperarse y que seguramente ya tenga algún plan en mente para hacer que August deje el puesto. Effie no vendrá, no tiene nada qué perder y algo me dice que mi camino se separará del de Haymitch pues no la va a dejar sola. Mi madre nunca ha sido propensa a ir por el bosque, sin embargo, da unos pasos firmes y decididos y me coge la cara entre sus manos:
-Ya me he perdido cómo han crecido y no me voy a perder cómo van a ser libres.
-Y necesitaréis que alguien os proteja-dice de repente Johanna-. Total, no hay mucho que hacer por el 7.

Capítulo 8 (parte II)


Así que nuestro grupo lo forman Peeta, mis hijos, Gale, Oliver, mi madre, Johanna, Annie, Oliver y yo. Demasiado extenso para mi gusto pero al menos podremos defendernos si hay problemas.
-Contaréis con nuestra ayuda-dice Paylor-. El 13 siempre te deberá la vida, Katniss.
Asiento con la cabeza y me dispongo a irme cuando Beetee también se une al grupo. Sabe que lo necesitan en el 13, pero también comprende que nosotros lo necesitamos a él. Puede que solo sea temporal y que de alguna forma luego consiga regresar a su distrito, pero no duda en ofrecernos su ayuda. Listos todos, pasamos a despedirnos de nuestros amigos y sé que Cinna no me lo va a poner fácil.
-Iría contigo-dice-. Pero algo me indica que he de quedarme donde estoy, espero que lo comprendas.
-Claro que lo hago, y te voy a echar mucho de menos, pero al menos tendré seguro que vas a estar bien-lo abrazo con todas las fuerzas del mundo y le beso en la mejilla-. Gracias por estar a mi lado en cada momento, Cinna.
-No hay de qué. Siempre, Katniss, siempre.
La siguiente persona que me cuesta es Haymitch. Me acerco a él y nos abrazamos rápidamente. No necesitamos palabra para comprender lo que queremos decir. Siempre ha sido, es y será de esta manera. El cómo encajamos nuestros pensamientos para hacer que el otro sepa lo que queremos transmitir es algo que sé que jamas voy a encontrar de nuevo.
-Suerte, preciosa.
Me despido de Paylor, los estilistas y Enobaria apenada y todos me dan palabras de ánimo y consuelo. Antes de que deje el salón Effie llora sobre mi hombro y soy yo la que tiene que consolarla a ella.
-Cuidate, querida. El bosque es peligroso.
-Nada que no conozca. Cuídate, Effie.
-Eres nuestro Sinsajo- se le quiebra la voz-. Y te quiero.
Es lo último que me permito recibir ya que las despedidas no son lo mío, no quiero llorar y quiero partir cuanto antes. Me encamino hacia la puerta y una voz me detiene.
-Katniss- me llama Caesar-. No he tenido tiempo de deciros lo que sé.
-¿Y qué es?-pregunto mientras pongo la mano en el pomo de la puerta.
-Algo que no os va a gustar a ninguno y que nos va a dificultar las cosas un poco.
Veo en su mirada turbia la tristeza y me preparo para recibir otro duro golpe del destino. Sin embargo al abrir la puerta y encontrarme con varios agentes de la paz obtengo la respuesta.
-Van a por ti-responde Caesar al mismo tiempo que los agentes me cogen por el brazo y me sacan de la casa del mentor.
-¿Qué hacéis?-les grito-. ¡Soltadme!
Con todo el ajetreo el vestido comienza a arder. Por supuesto que son llamas falsas, sin embargo su realismo hace que se aparten y me suelten. Los miro con odio y encajo la respuesta de Caesar. “Van a por ti”. Eso significa que sabían que en cuánto me enterase de tal devastadora noticia iba a intentar escapar o a hacer algún acto a mi propio estilo y tenían órdenes directas de detenerme si era preciso.
Peeta sale disparado y me protege con su cuerpo.
-Alejaos de ella.
-¿Vais a algún sitio importante?-pregunta uno de ellos.
-No es de tu incumbencia-le espeta Sarah.
-¡Oh, mira lo que tenemos! Una joven sinsajo.
Veo amenazas por todas partes. Como si esos agentes fueran víboras apunto de atacar a mis pequeños y tengo que contenerme y no saltar hacia ellos. Desafían con sus miradas a mi familia, a mis amigos y no puedo permitir que me quiten lo único que pensaba que ya era mío por naturaleza. A pesar de todo sé que escapar se está quedando lejos de nuestras opciones a medida que siguen pasando los segundos. Son cinco y aunque nosotros los superemos en número tendríamos que defendernos, correr y cambiarnos, coger lo imprescindible y huir hacia el bosque aún más rápido. Además darían aviso en cuanto pudieran y no pienso volver a mancharme las manos de sangre si eso puede darnos más tiempo. Quiero que mis hijos huyan, pero si lo hacemos nos buscarán y no dudarán en matarnos en cuánto puedan. Así que no me queda otra que rendirme. Aunque vuelvan los juegos, aunque haya posibilidades año tras año siempre queda la opción de que la suerte esté de nuestra parte. Además puedo intentar pensar otro plan para futuros años, de todas formas queda un mes para la cosecha y eso me da tiempo para llevar acabo otra huida.
Gale, sin embargo, parece que tiene otros pensamientos en la cabeza y que no va a preguntar quien está de acuerdo o no. Pero Haymitch, que no sabía que estaba detrás de nosotros sale también detrás de él. Gale comienza a golpear a uno de ellos mientras el mentor de encarga de que otro no lo elimine. Yo retrocedo unos pasos para poner a Sarah y Jaden a salvo, y Peeta decide ayudarlos. Oliver ve que su padre está herido y corre a defenderlo. En un segundo Johanna y Cinna también corren a ayudar a los demás y se monta un batalla campal en mitad del jardín de Haymitch. Paylor se queda dentro de la casa y en su rostro contemplo la frustración de que esté en silla de ruedas porque sé que no dudaría en unirse también. Annie, que está a mi lado intentado que Finn no vaya a luchar también, me mira a los ojos con desesperación y sé que es lo que tengo que hacer.
-No os mováis-le ordeno a mis hijos-. Meteros dentro de la casa y esperad a que yo lo diga.
-Pero...-comienza Sarah.
-No. Esto tiene que acabar y no os podéis meter.
Dicho esto y empujándolos hacia el salón, le pido a Annie que cierre la puerta y que se encargue de que mis hijos no ayuden a su padre y de que ningún agente entre dentro. Entonces miro el escándalo formado y veo que cuatro agentes más vienen a ayudar a sus compañeros. Estos cuatro portan armas de fuego que sé que van a utilizar. Así que tengo menos de un minuto para cruzar la hierba, esquivar los golpes que podrían darme, atravesar la carretera y meterme dentro de mi casa. Cojo rápidamente el arco y las flechas que tenían colgados en el salón y pienso en si quitarme el vestido o no, pero también es cierto que las llaman me han ayudado y pueden volver a hacerlo. Salgo de nuevo a la calle y miro la escena: Peeta sosteniendo a un agente para que no le pegue más a Johanna, Gale intentado incorporarse del suelo mientras uno de ellos lo empuja de nuevo, Haymitch y Oliver luchando codo con codo para dejar fuera de servicio a uno, y el resto intentado dar un golpe certero. Lo que me hace moverme y posicionarme en mitad del asfalto en un agente de la paz cargando su arma y apunto de disparar a Cinna.
-¡Basta!-grito con todas mis fuerzas-. ¡Parad!
La gente parece no darse cuenta de que estoy justo ahí y entonces no me queda más remedio que captar la atención de todos antes de que alguien al que quiero acabe mal herido o muerto. Con mucho pesar me arranco un trozo de tela del vestido y espero que funcione. Las llamas comienzan a apagarse y con ellas mi esperanza, pero aún así lío la tela en la punta de una de las tres flechas que tengo a disposición y apunto al arma que tiene levantada el agente de la paz. Disparo y la tela comienza a arder con mucha fuerza a medida que va avanzando. Algunos parecen reaccionar al ver el fuego y aprovecho para volver a gritar.
-¡Se acabó!
Cargo otra flecha por si me hiciera falta y espero la reacción de todos. Johanna se escabulle de su atacante y detrás de ella va Peeta. Gale y Haymitch cogen a Oliver y se alejan unos metros. Cinna intenta irse pero el agente lo tiene bien agarrado. Apunto directamente a este agente. Mi flecha será más rápida que cualquier movimiento que quiera hacer.
-¿Vas a dispararme?-dice-. Mataré a tu amigo.
-Suéltalo y no te pasará nada.
El resto de sus compañeros hacen lo que le digo al otro y parece que no van a seguir atacando a mi familia. Pero el idiota que está cogiendo a Cinna por el cuello parece que aún no se ha quedado a gusto. Es un provocación hacia mí y si no fuera porque presencié hace tantos años como apaleaban a Cinna podría aguantar un poco más, sin embargo no estoy dispuesta a perderlo de nuevo. Miro a Gale por el rabillo del ojo porque él más que nadie sabe cuál es el paso que doy a seguir cuando voy a cazar algo. Teníamos como una especie de pacto no parlamentado que ambos sabíamos. Si era una presa grande él daba un rodeo y se posicionaba a uno de los lados de manera que él me viera a mí. Entonces sabía que tenía que prepararse para coger a la presa en cuánto tensase el arco un poco más de lo debido. Es justo lo que hago ahora. Gale corre y se pone detrás de Cinna y en cuanto tenso un poco más el arco se prepara para cogerlo. Disparo hacia el brazo del agente de la paz que suelta el arma y se queja mientras intenta arrancarse la flecha.
-Pagarás-profiere-. Ya lo verás.
Haymitch y Peeta vienen hacia mí por si hubiera que protegerme, pero los agentes se llevan a su compañero y dejan la aldea. Sé por sus miradas que algo harán para que pague por lo que he hecho y que si intento huir o algo por es estilo entonces me encontrarán y me matarán, pero sacudo la cabeza intentado convencerlos de que no será así.
Entramos dentro de la casa y entre todos curamos la heridas que todos tienen. Peeta tiene una brecha en la ceja izquierda y le han dado un buen golpe en el brazo. Mientras una de mis manos se afana por curar su herida y dejar que sangre, la otra es sostenida por la de mi marido.
-Lo siento, Katniss. Tenías razón. Los malditos juegos, todos nos van a perseguir siempre y yo te prometí que eso no sucedería.
-No, Peeta. No es tu culpa. Son los otros, son ellos. No teníamos manera de saberlo. Todos nos hemos quedado igual.
-Pero...-silencio sus labios con un beso largo y luego lo abrazo-. Te quiero.
Caesar carraspea y Paylor sale detrás de él. El presentador se cruza de brazos y cierra los ojos con fuerza. Supongo que él volverá a presentarlos y es algo que no le agrada en absoluto. Mi madre sale después de Paylor y se seca las lágrimas que ha derramado. Creía que ya no podía pasar nada peor, pero me parece que voy a dejar de creer.
-Caesar tiene noticias que darnos. Era lo que nos iba a decir antes de la retransmisión del Capitolio-anuncia Paylor.
Trago saliva y miro a Caesar que ni siquiera puede mirarnos a los ojos. Se frota la nuca y dice:
-Lo siento tanto. No os hacéis una idea. Al principio no quería creérmelo, no cabía en mi cabeza la posibilidad de la vuelta a los juegos. Y no sé como todos sabían que August era el que iba a salir, supongo que amañaron los resultados-hace una pausa. Se está disculpando y siente pesar por lo que ya de alguna manera todos sabemos, pero hay algo más. Algo que no quiere decirnos, que no quiere que pase, que sabe que nos va a afectar. Finalmente recupera las fuerzas y me mira directamente a mí-. Anoche hubo una reunión con los nuevos vigilantes de este año, el propio presidente y muchos de los que van a participar de una manera u otra. A esa reunión estaban convocados Effie y Cinna- los aludidos asienten-. No sé por qué después de todo han decidido volver a contrataros, más a ti, Cinna, pero es un hecho-suspira y se pasa la mano por el pelo violeta-. No debería contaros lo que voy a decir y mucho menos darle toda la información que le he dado a Paylor porque puede que me corten la cabeza, pero quiero ayudaros si está en mi mano. Resulta que August no ha dicho la verdad esta noche. Y lo cierto es que no me esperaba que mintiera, pero alguna razón tendrá. Katniss, lo siento, lo siento por todos, pero...los juegos no son dentro de un mes-el corazón me da una punzada y Peeta me agarra más fuerte la mano-. La cosecha es mañana.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Comunicado

Por motivos personales (aunque más bien es por culpa de la pila de deberes que cada día mis profesores deciden mandar para prepararnos para la selectividad), no he podido subir en esta semana y lo más seguro es que tarde en hacerlo.
Aún no sé si escribir varios capítulos de golpe en un par de semanas e ir colgándolos poco a poco porque cuando comiencen los exámenes sí que será imposible publicar, o ir como lo he estado haciendo hasta ahora, ¿qué opináis?
Perdonad, de verdad, quiero publicar, os lo aseguro, pero casi que solo puedo coger el ordenador en fin de semana y entre tantas cosas me queda muy poco tiempo para escribir, aún así voy a hacer un esfuerzo por traeros un capítulo pronto.
Muchas gracias por seguir pasándoos y leyendo este blog ^-^

Lo último que quería decir es que a partir de ahora en la historia se complica un poco más, como no he subido capítulo, al menos voy a spoilearos un poco, si no queréis saber nada y descubrirlo mediante cada capítulo no sigáis leyendo...
Como se vio en el último capítulo algo realmente malo ha pasado en el Capitolio con la elecciones. Paylor incluso ha acudido a la boda de Katniss para alertar a todos y poner en marcha un plan previamente ideado del que Katniss desconoce absolutamente todo, así que ya podéis imaginar la gravedad del asunto sabiendo que la ex-presidenta no estaba en las mejores condiciones para ir a ningún sitio. Katniss se negará rotundamente a creer lo que todos dicen y lo que ella misma ve, pero, realmente, cuando se entera de una gran y nefasta noticia, algo que marcó y volverá a marcar la historia de Panem, se da cuenta de que aún siendo el Sinsajo y haber ganado una guerra no significa que siempre vaya a salir victoriosa. ¿Qué va a ocurrir que haga pensar de ese modo a nuestra heroína? Además, si es cierto que algo ciertamente malo esta por venir y Katniss llegue a pensar que esta vez no va a poder ganar, ¿estará alguien importante para ella involucrado en el asunto de tal forma que lo vea todo nulo? ¿Qué le deparará a Sarah y Jaden, a Peeta y a Gale? ¿Habrá más muertes y consecuencias en Panem?

Espero dar respuesta en pocos días a algunas de las preguntas, hasta entonces: may the odds be ever in your favor.

martes, 18 de septiembre de 2012

Capítulo 7 (parte I)


Respiro profundamente. Vale. Tengo un par de horas para estar en el bosque y evadirme de todo. Así que salgo de la casa a hurtadillas y miro en todas las direcciones para no encontrarme con nadie. Si me ven puede que no me dejen salir de la Aldea de los Vencedores. Y en efecto, justo cuando voy a salir, justo cuando estoy preparada para tener mi momento, Effie Trinket, aparece de la nada, cruzada de brazos y frunciendo los labios.
-¿Dónde crees que vas?
-¿Al bosque?-digo yo que se notará si tengo el arco en la mano, el carcaj en el hombro y la ropa que suelo usar para adentrarme en él.
-¿Qué día es hoy, Katniss?-su pregunta me deja algo desconcertada.
-El día de mi boda.
-¿Y te vas al bosque?
-Necesito estar sola-me defiendo-.Tener unos minutos de tranquilidad.
Da unos pasos más hacia mí y cuando me tiene justo enfrente posa una mano sobre mi hombro, mirándome a los ojos. Después de unos segundos de silencio, niega con la cabeza y dice:
-Nadie que no tenga una tarea va a pisar la Pradera. Y menos tú-me da un toque en la nariz y me da la vuelta.
Ah, claro. La decoración. Casi se me había olvidado que se va a celebrar allí. Pero hay muchas maneras de entrar en el bosque. Quizá la que más me guste sea esa, pero puedo entrar por cualquier sitio. El problema es que Effie parece no querer soltarme. Me lleva directa a casa y me sienta en un silla en la cocina. Me prepara un café y un par de tostadas.
-Creo que Haymitch siente algo por mí-suelta rápidamente, mientras se frota las manos una y otra vez y sus mejillas se sonrojan.
No estábamos hablando de nada en particular, así que no sé a que viene eso. Se me atraganta un trozo de tostada y me obligo a no reír. ¿Haymitch? ¿Estamos pensado en la misma persona? Pero en su mirada veo que es cierto. Que ni es una broma, ni debo reírme.
-¿Con algo...te refieres a amor?
Asiente repetidamente y comienza a pasearse por la estancia. Se la ve nerviosa y ese ajetreo solo me provoca más ganas de estallar en carcajadas. Parece que Effie sí que siente algo.
-Es que no lo sé-dice en un suspiro, pero sin detenerse en su marcha-. Puede que sean imaginaciones pero últimamente...-deja la frase en el aire y se pone a jugar con una manzana-. Katniss, ¿qué hago? Estas tres semanas...-se le cae la manzana al suelo y corre a recogerla-. No sé lo que me pasa, de verdad. Es como...
-Cosquillas en el estómago, nervios al estar a su lado, sonrojarse por cualquier comentario, fantasear...-digo sonriendo pensando en todo lo bueno que me aporta Peeta y el estar a su lado. El hecho de haberme enamorado de él y todo lo que conlleva.
-Sí-confiesa-. Justo eso.
Ahora si me río. Pero solo de saber que Effie, esa mujer capitolina que parecía de plástico, está enamorada de Haymitch. Me mira con el ceño fruncido y me levanto para abrazarla. No me río de ella. Es sólo que...bueno, me hace gracia. Ella me abraza con ganas y pierdo la noción del tiempo hasta que Cinna nos interrumpe carraspeando.
-¿Qué tal?-pregunta pasando y sonriéndome.
-Genial-contesto, aunque estaría mejor si hubiese podido pasar un rato a solas.
Hablamos durante un largo rato. De todo y nada. Supongo que hacemos tiempo para que Peeta se despierte y Haymitch se lo lleve. Ese es el plan. Además, estamos esperando a que Octavia y Flavius aparezcan para arreglar a mis hijos. Como Effie todavía no se ha quejado sobre el tiempo, creo que vamos bien.
Entre risas bajas escucho cómo alguien desciende las escaleras y atisbo a Peeta antes de pasar por la puerta de la cocina. Ahora es como magia. Una chispa se enciende en cuanto lo veo pasar. Sí, ha sido un segundo, pero lo suficiente como para encender la llama dentro de mí. Noto como cada parte de mi cuerpo toma vida y el aliento me devuelve lo que había perdido. Tendría que haberme quedado más tiempo en la cama con él en vez de intentar ir al bosque.
-Katniss. ¡Katniss!-Cinna me llama pero me he quedado embobada mirando por donde Peeta se ha ido y no soy capaz de apartar la vista de allí- ¿Katniss?
-¿Qué?-consigo decir.
-¿Que qué tal si vamos hacia el salón?
Asiento con la cabeza y caminamos hasta allí. Veo que han apartado algunos muebles y otros los habrán puesto en otras habitaciones. Cinna se ha traído un equipo de maquillaje que esta deseando utilizar, así como productos e utensilios para el pelo. Este es su campo, y no soy nadie para custodiar cómo haga su trabajo, así que me siento en una silla y espero a que elija lo que tiene en mente para poder causar el efecto que quiera.
Flavius y Octavia llaman a la puerta y Effie corre a abrirles. Pasan y me saludan admirando lo bien que me conservo y cómo está quedando el trabajo de mi estilista. Me observan, comentar, se impresionan, halagan a Cinna, y luego tienen un par de ideas que le comunican. Effie los echa para que vayan a prepara a Sarah y Jaden, mientras Cinna trata de terminar con mi pelo.
-¿Quieres verte?
-Mejor cuando esté listo.
Cierro los ojos y dejo que me maquille. Que espolvoree productos, que me eche cremas, que se decante por varios colores que dice, pero que no elijo. Al cabo de un buen rato, en el que yo me he dedicado a pensar en mi inminente boda, Cinna me dice que ya está.
-Espera-le digo-. Mejor cuando esté con el vestido puesto.
Cinna asiente y deja el espejo en la mesa. Me indica que me quede donde estoy mientras él trae el traje y todos los complementos. No tarda apenas unos segundos y veo en su cara el reflejo de que ha conseguido justo lo que quería, así que debo estar radiante. Me levanto de la silla, me desvisto y dejo que Cinna me dirija como si fuera una marioneta. El vestido cae por mi cuerpo y queda pegado a él, como si fuera parte de mi piel. Sí, definitivamente le a hecho algún que otro arreglo. Aún sigo con los ojos cerrados, porque no quiero verme, pero en mi mente se dibuja la forma del vestido: blanco hasta la cintura, con rayas negras hechas de pluma por toda la falda. Los bordes del escote en picado llenos de diminutos diamantes transparentes. La cola larga, hecha completamente de plumas blancas. La espalda está medio descubierta y de nuevo, por los bordes hay una infinidad de diamantes, aunque esta vez son negros. El velo de seda con piedras preciosas. Abro los ojos justo cuando Cinna me está colocando los pendientes y una pulsera.
-Ahora los tacones.
Odio subirme en uno de esos, pero no me queda más remedio. Nunca los había visto. Blancos con diamantes negros haciendo lineas. Son preciosos. Me los pongo y camino, al principio algo torpe, pero enseguida me acuerdo de todos los consejos y todas las veces que tuve que caminar con ellos. Camino por el pasillo hasta llegar a un espejo de medio cuerpo para verme. Cinna va detrás de mí, sujetando la cola. Cuando me veo en el espejo esbozo una gran sonrisa y se me llenan los ojos de lágrimas. Soy el sinsajo. Radiente. Fuerte. Llena de valentía y coraje. Sin palabras.
-Una obra maestra, Cinna.
-Gracias, pero tu haces posible que sea así-me guiña un ojo-. Effie creo que ha ido a casa de Haymitch, así que preparate para salir.
-¿Sarah y Jaden?
-Fuera. Salieron cuando traje tu vestido.
Flavius y Octavia aparecen y me admiran de nuevo, aunque esta vez es mucho mayor. Me tocan la cara con cuidado, el pelo, el tejido del velo, la cola, preguntan de qué son las plumas...Y, finalmente, dejan la pregunta más importante para el final...el fuego. Cinna se niega a responder a eso, aunque yo se de sobra lo que pasará. Supongo que quiere que sea una sorpresa. Por cierto...¿cuando he de sacarlas a la luz?
Effie entra por la puerta, echa a Flavius y Octavia para que vayan más deprisa y luego abre la boca de par en par al verme. Se queda sin palabras, viene a abrazarme, pero algo hace que en el último momento se detenga. Entonces me coge una mano y dice:
-Increíble. Solo puedo decir eso.
Salimos de la casa y en cuanto piso el asfalto me empieza a dar un ataque. Los nervios me comen, las ansias me impiden andar, los temblores se adueñan de mis rodillas y el temor a algo que no logro entender viene directa hacia mí como si se tratase de un relámpago. No puedo. No puedo hacerlo. Respiro agitadamente y miro hacia Cinna. Él parece no comprender lo que me pasa, aunque, a decir verdad, yo tampoco. ¿Pánico a casarme? ¿Miedo escénico? No. Llevo con Peeta 16 años y prácticamente se podría decir que estamos casados, porque unos papeles lo acrediten o no, no quiere decir nada. Le quiero, eso lo tengo claro, pero... ¿Es por Gale? ¿Por reencontrarme con él después de todo? Puede que uno de los motivos sea ese. El no saber qué decir, el no saber si habrá venido, el pensar que intentará parar la boda. Pero hay algo más. Es algo que está profundo en mí, como enterrado. Casi olvidado. Los Juegos, la Cosecha, el Vasallaje. El Presidente Snow queriendo mi boda a la fuerza. Pero ya no es así. Ahora me caso porque quiero y porque en estos instantes es lo que más feliz me puede pasar.
-Estoy bien-digo recomponiéndome y tomando aire-. Estoy bien-vuelvo a decir, ahora mucho más convincente y seguimos caminando.
Pasamos la Aldea de los Vencedores y cuando estamos por la Plaza, Effie nos dice que ella va a ir más deprisa para traer a Haymitch. Sí. Tanto él como Cinna van a acompañarme al altar. Me encantaría que fuera mi padre, claro, es lo que siempre habría querido, pero eso va a ser imposible. Al igual que Peeta vaya con su madre. ¿Con quién irá Peeta? Aunque, hay algo más que me gustaría que estuviese junto a mí. Algo que daría lo que fuese por estar solo unos minutos más junto a ella. Sé que a Prim le hubiese encantado estar en este día tan especial. Su voz cantarina, sus trencitas doradas, su mágico aleteo cuando corretea o camina. Prim, mi dulce y pequeña Prim. Lo que daría por que viviese un poco más, lo justo para estar aquí, o lo justo para intercambiarme por ella. Prim. Es como si la sintiese justo ahora, a mi lado, sonriendo y asintiendo cada vez que me aproximo a Peeta.
Cuando pongo un pie en la Pradera no puedo hacer más que asombrarme, maravillarme y mirar a Effie agradecida con lágrimas en los ojos. Es todo lo que podía imaginar y más. Mesas y mesas se extienden por todo el prado verde. Son de madera clara y sus manteles son blancos, lo que hace que la imagen sea preciosa. Las sillas que están a su alrededor son de esa madera de color marrón claro. Todas cuidadosamente colocadas, con un número determinado según los invitados de cada uno, sus nombres escritos a máquina en papel de color carbón y los bordes de los mismos están quemados. Mientras camino, Haymitch a mi derecha, Cinna a mi izquierda, Effie unos pasos más adelante para llegar antes que nosotros y sentarse; solo puedo contemplar todo lo que hay a mi alrededor. Farolillos esperando a que caiga la noche para que se enciendan, rosas rojas, negras y blancas dividas por colores en zonas. Hay un problema que no fui capaz de pensar, o mejor dicho, de recordar, aquel día que Cinna y Effie se peleaban por el color de las rosas y es que las blancas no me pueden indicar otra cosa que peligro. Que Snow está cerca, midiendo mis pasos, calculando los minutos para que se lleve a cabo algún maquiavélico plan, memorizando cada movimiento que hago y cada lugar donde piso. Pero me recuerdo que murió, y que por mucho que mi subconsciente me diga que queme y destruya cada pétalo blanco, sé que nada malo me va a pasar. No en un día como hoy.
No me percato de cuánta gente hay hasta que los veo a todos sentados, mirándome, sonriendo hacia mí, pensado que son afortunados. Me sonrojo un poco ante tantas miradas y esto es lo que hace que olvide las rosas blancas, además, lo siguiente que veo me deja sin aliento: tres filas de asientos, creo que 30 personas por cada una. O quizá sean más. Además sé que no todos los invitados están sentados ahora mismo. A mi boda van a acudir, aproximadamente, unos 300 o 400 invitados. De todos ellos, solo una pequeña minoría, minuciosamente estudiada y sobretodo escogida por el paso que han tenido en nuestras vidas, están ahora presentes. El resto solo vendrán al banquete. Delante de la fila de asientos imponente se alza el altar, que no es más que una plataforma elevada del suelo, blanca, redonda, con enredaderas subiendo por la finas columnas que sujetan la cúpula. En el centro del altar se encuentra una especia de atril, donde detrás se colocará el alcalde, encargado de casarnos. Peeta está a la izquierda, mirando al vacío. Entonces me fijo que detrás de ellos, detrás del altar, hay otras tres filas más de invitados.
Veo cómo Effie se sienta en primera fila y mira hacia atrás un segundo. A Enobaria, Annie y su hijo Finn, Plutarch, los panaderos de la panadería de Peeta, Octavia, Flavius, Venia. Mis hijos delante de un camino al que han arrebatado cada brizna de hierba me miran sonriendo con los brazos cruzados. Uno a la izquierda. Otro a la derecha. Esperando a que pase a su lado. El camino es lo suficientemente espacioso para que quepamos tanto Cinna, como Haymitch y yo. Además me fijo que entre asiento y asiento solo ha un pequeño hueco que permite pasar a una persona, el resto del espacio lo adornan rosas negras y rojas. Sé por su intensidad y por la forma en la que brillan que están modificadas. No son como el resto de rosas que hay por la Pradera. Miro a Haymitch un momento porque noto que mira y me asiente. Con solo eso sé que no debo temer nada, que todo va a salir bien. Que este es mi día y he de disfrutarlo. Me agarro más a su brazo, sé que comprenderá que quiero darle las gracias por todo. También aprieto más el brazo de Cinna y lo miro a los ojos, pero esta vez la que asiente soy yo, indicando lo feliz que soy y que no tengo ninguna duda.
Al poner un paso en el camino de tierra mis hijos caminan detrás de mí y noto como me agarran la cola del vestido. ¿Qué van a hacer?
-Ya sabes, Katniss, es de mentira-me susurra Cinna justo un segundo antes de que note que mis hijos elevan la cola y la sueltan al suelo con mucha fuerza.
Comienzo a arder, como en los viejos tiempos, como todo el mundo aquí ha visto. Pero esta vez, al ser la última que lleve fuego incorporado sé que Cinna a hecho algo más. Y eso lo descubro, cuando, al pasar al lado de las rosas y que mi vestido las rocen, estas comienzan a arder dejando todo a mi paso envuelto en fuego. La verdad es que no sé como será la estampa desde fuera. Supongo que un mar de fuego a mi paso. Pero solo hago una cosa y es bajar el brazo para entrelazar mi mano con la de Cinna. Todo esto es como un sueño. Un sueño que entre todos están haciendo realidad.
Haymitch me suelta y antes de dejarme por completo, me acaricia la mejilla y me aparta un mechón de pelo. Cinna me aprieta un poco más la mano y luego me la besa. Entonces me dejan sola, sentándose cada uno a un lado de la fila. Miro hacia delante y me encuentro con Peeta. Un Peeta con la mirada perdida en mí, en mis ojos, en mi pelo, en mi cuerpo, en las llamas. Subo un peldaño, dos, tres. Menos mal que no me he caído. Entonces me pongo a la derecha de atril y espero a que el alcalde de los honores. Noto que a medida que se me apaga el vestido, el velo comienza a arder.
He asistido a muy pocas bodas en toda mi vida. Y no difieren mucho de como son ahora. Sí, antes éramos muy pobres y todo eso. Teníamos, además, una especie de ceremonia con pan tostado en una chimenea, y de hecho eso se sigue conservando. Pero el método viene a ser el mismo. Normalmente esto se hace con muy pocos testigos en el Edificio de Justicia, lo de hoy es algo especial. El alcalde da un pequeño discurso, siempre el mismo, lee unas pautas, hace preguntas hacia los novios, los novios se dan el sí quiero y rellenan unos papeles. Hay gente que se da un beso públicamente, otros prefieren reservarlo para la intimidad.
Nunca me he parado a escuchar uno de sus discursos, y aunque algo me dice que esta vez, por ser mi boda, debería hacerlo, la mirada de Peeta me embruja y ya no hay manera de escapar de allí. Su mirada azulada se clava en la mía y creo entender lo que siente y piensa. Está nervioso, mejillas levemente rosadas y un pequeño temblor que no percibiría si no supiera lo muy quieto que se está (excepto cuando es de vital importancia, véase los juegos), normalmente. Supongo que ha esperado durante años este momento y aún así no se había hecho a la idea. Yo, por mi parte, ahora mismo estoy totalmente relajada. Me siento como si estuviera en una nube. Flotando en el agua. Formo una leve sonrisa y entonces él parece tranquilizarse un poco. Lo mismo piensa que aún puedo arrepentirme.
Me acerco un poco más a él mientras el alcalde sigue con su discurso que ya no pienso escuchar. Peeta me mira extrañado, pero luego da otro paso hacia mí. Nuestras miradas se vuelven a cruzar y noto la necesidad de abrazarlo. Pero me mantengo quieta, intentando que no se note mucho que no presto atención a otra cosa que no sea Peeta. Entonces da otro paso hacia mí, decidido, ignorando a todo aquel que nos mire. Yo doy otro más y nos detenemos. Casi impedimos la visión del alcalde, aunque me da igual. Doy otro paso más y mis ojos viajan desde los suyos a sus labios. Los deseo como si supiera que es la última vez que los probaré.
-Podéis leer vuestros votos-dice el alcalde y con eso me saca de mi mundo y sé que ha pronunciado su discurso y leído las pautas.
Espero que sea Peeta el que empiece porque ahora mismo me he puesto nerviosa. Sin embargo, a diferencia de mí, Peeta parece calmarse por completo, como si hubiesen algo que le hubiese traído el sosiego. No saca ningún papel como sabía yo de antemano. Simplemente me mira a los ojos y asiente, convencido, dispuesto a todo. Este es su terreno. Sin embargo no habla, lo que significa que me cede el puesto a mí. Busco mi papel, pero, mala cabeza mía, lo he olvidado en casa. Miro fugaz a Effie por si puediese salvarme pero sé que esto es un lucha que debo afrontar sola. Así que allá voy. Sé que sin papel o con él, preparado o no, nunca superaré lo que Peeta diga, así que ya da igual. Respiro hondo, suspiro y digo:
-Hay muchas cosas que pueden traernos la felicidad. Cosas que a veces no podemos percibir, y cosas materiales. Pero, hoy, nada en el mundo puedo hacerme más feliz que el hombre que tengo enfrente . El hombre que me ha salvado tantas veces la vida, el hombre que hace que mis suspiros valgan la pena-y ahí me quedo. Aún no sé de donde he sacado la inspiración para decir todo eso, pero lo he soltado. Sin embargo, las reservas se agotaron y no sé por donde seguir.
Peeta parece darse cuenta de que me he quedado en blanco y da un paso hacia mí. El que faltaba para que estemos casi juntos, para que no se le vea la cara al alcalde y para ser el completo centro de atención (como si no lo fuéramos antes), entonces me coge la mano y sonríe.
-Katniss es más que mi vida. Decir todo lo que siento, ahora, en este momento, en unos pocos segundos o minutos, no es posible. Tampoco es posible escribirlo en un papel, ni dibujarlo. Son sentimientos profundos-comienza y sin casi darme cuenta ya me tiene embelesada con sus palabras. Me está ayudando, sin duda. Estos son unos votos compartidos.
-Nacidos en el corazón- continuo-. Que hacen que el mismo siga latiendo una y otra vez, fuertemente. Cada latido tiene un significado que solo el otro puede comprender.
-Cada paso que damos juntos es un camino que recorremos cogidos de la mano, juntos, sin miedo, salvándonos de los peligros que puedan acecharnos. Katniss apareció en mi vida hace mucho tiempo-deja la frase en el aire y sé que quiere que continúe yo.
-Pero no llegamos a ser dos almas en una vida hasta la Cosecha, cuando teníamos 16 años los dos. A partir de ahí todo ha sido un laberinto, una espiral, que nos ha conducido hasta hoy.
-Ella lo es todo para mí.
-Él significa más que todo.
-Mi vida-susurra.
-Mi mundo- musito.
Entonces el mundo se detiene. La luz emana de Peeta. Mi cuerpo necesita su cuerpo. Mis labios unirse con los suyos. Fundirse en un beso cálido. Mis ojos necesitan perderse de nuevo en ellos. Mis oídos escucharlo sin cesar. Mi nariz oler su aroma. Mis manos entrelazarse con las suyas. Lo necesito. Lo necesito. Peeta parece sentir lo mismo que yo y coge la mano que tengo libre, la mano donde reposa su anillo de compromiso y me lo quita. Ahora me habla directamente a mí:
-Cuando te di esto, cuando te pedí matrimonio, no te pedí que nos casáramos. No te pedí que me amaras para siempre. No te pedí siquiera una muestra de todo ello. Cuando te lo di fue únicamente para que vieses cuán enamorado estoy de ti, cuanto miedo tengo al perderte y cuanto amor te tengo. Cuando te di ese anillo te entregué mi alma por completo.
Y estas cosas son las que hacen que Peeta sea perfecto y el resto del mundo ni siquiera pueda aspirar a ser uno de sus finos cabellos dorados. Me dejo perder en su mirada y agarro su mano con más fuerza.
-Cuando dije que sí fue para hacerte saber que pase lo que pase, haya los peligros que haya, vayamos a donde vayamos, siempre, siempre, siempre estemos juntos. Porque me da igual lo que digan unos papeles, porque no me importa lo que suceda. Peeta, tú siempre serás el único que lo posea-subo nuestras manos entrelazadas, esa donde estaba mi anillo antes, y coloco su mano justo donde está mi corazón. Y así, ahora mismo, le entrego todo lo que tengo y más. Le doy cada latido, cada aliento de vida que me quede. Cada parte de mí.
-Sí, quiero-dice antes de que el alcalde pueda pronunciar algo, aunque me da que está tan sumido en nuestra conversación, en nuestro momento, que no es capaz de despegar los labios.
Miro a Peeta unos segundos. Su rostro, sus labios, su piel, su pelo, sus pestañas, sus manos, su cuerpo y finalmente sus ojos. Suspiro y noto que el corazón se me acelera, así que él debe estar sientiéndolo ahora mismo. Cierro los ojos con fuerza, obligo a las lágrimas a retroceder, pero cuando los abro, dos finas gotas cristalinas descienden por mis mejillas y sonrío.
-Sí, quiero-digo al fin y noto que la felicidad se extiende hasta no quedar ni un solo hueco sin ella.
Peeta se acerca a mí, me pongo de puntillas y beso sus labios cerrando los ojos y dejándome llevar por este momento tan especial que hemos decidido crear juntos. Resulta que “leer” los votos no ha sido tan difícil. No necesitaba tenerlos preparados. Lo único que necesitaba era tener a Peeta enfrente, custodiando mis ojos para darme todas las fuerzas. Las palabras solo han brotado del corazón, sin forzarlas a salir.
La gente rompe en aplausos y miro hacia ellos, muchos de los cuáles me miran sonrientes y también derramando lágrimas, aunque de felicidad. El alcalde vuelve en sí y da la aprobación. Nos hace firmar los papeles que oficialmente nos declaran marido y mujer y una suave melodía creada por violes y un piano inundan el prado. Ahora, por fin, puedo decirlo. Soy Katniss Mellark, la mujer de mi esposo. De Peeta.
Los invitados, dirigidos por Effie, corren hacia sus mesas. Mis hijos reparten el menú escrito en tarjetas iguales a las que indican los invitados por mesa, y muy pocos se quedan para estrecharnos la mano. Veo a mi madre por primera vez y antes de que pueda decir nada la abrazo. Le doy las gracias por venir y la estrecho tanto contra mí, que tengo que apartarme para dejarla respirar. Me coge una mano y la aprieta.