viernes, 4 de enero de 2013

Tributos :)

Lo primero es desearos un feliz y próspero 2013. Estoy segura de que podéis cumplir todos vuestros propósitos y me encantaría que fuera así porque todos los que leéis este blog, esta historia, y aquellos que también os animáis a comentar, os lo merecéis. Así que pido un aplauso para vosotros ^.^
Lo segundo que quería comentar es que espero también que estas Navidades hayan sido buenas, que se hayan portado bien con vosotros y que hayáis descansado de todo un poco :)
Y lo tercero, y último, creo, es que admiro vuestra paciencia. No puedo colgar todas las semanas, y mucho menos todos los días, a veces, aunque mejor dicho, ahora sobre todo, tardo demasiado en subir capítulo y, sin embargo, vosotros seguís ahí, así que gracias. No escribiría ni tendría este blog sin saber que estáis ahí, así que muchas, muchas gracias ^^ Pido perdón por no ser más constante, pero os prometo de verdad que me es imposible estando en 2º de Bachiller. Esta Navidad pensaba que iba a tener más tiempo para escribir, pero no ha sido así. Os pido disculpas. Supongo que no puedo deciros que tendré el próximo capítulo pronto, aunque me gustaría y voy a aprovechar cualquier rato para escribir y así ponerlo lo más pronto posible, de antemano os vuelvo a pedir perdón. Este trimestre será más complicado que el primero y he de esforzarme, aunque siempre os voy a tener en cuenta.
De todas formas, si queréis hablar conmigo, comentar la historia, contarme cualquier cosa o saber cualquier cosa, os dejo mi twitter al que tampoco es que vea mucho, pero al que tengo más fácil acceso puesto que no se lleva tanto tiempo que escribir: @FourTrisvatic12

Un abrazo a todos y disfrutad de lo que queda :)

Capítulo 11



No recordaba todo el lujo del Capitolio. No recordaba sus edificios modernos, sus ropas estrafalarias, ni tampoco el aroma de su ambiente. Es como si mi mente hubiese querido olvidarlo todo, como si hubiese bloqueado cada recuerdo de este lugar. También es cierto que la última vez que vine no todo se basó en el lujo y la riqueza, en comer de sus inmensos banquetes o admirar algo del entorno. La última vez vine con el propósito de acabar con Snow. La última vez, mi hermana Prim murió en sus calles.
Me detengo para examinar todo lo que antes no me había parado a mirar. Cuando estaba aquí como tributo lo que me interesaba era volver a casa con vida y esa era mi única y mayor preocupación, aunque ahora tampoco es que me importe más de qué piedras preciosas estén hechas las lámparas antes que la vida de mis propios hijos, pero mientras espero a que vuelvan del Centro de Renovación, no me queda otra. Bueno, esta eso o llorar y llorar como otros padres lo están haciendo. Los contemplo a todos. Quedan pocos mentores, aunque creo recordar que había más, puede que no hayan querido venir y se les haya concedido. El caso es que todos nos concentramos en una habitación. Hay distintas salas, cada una de ella con un número representado cada distrito, pero el Capitolio y el 13 no tienen su propio cuarto. Creo que antes, en los años anteriores, cada mentor pasaba a su camerino y esperaba allí, sin embargo hoy estamos todos unidos, de pie, llorando o fingiendo no sentir nada.
-¿Katniss?
Me vuelvo para ver quién me ha llamado y se me cae el alma al suelo. Abro la boca de par en par y dejo caer los brazos.
-¿Gale? ¿Qué haces aquí?
-Oliver salió como tributo- dice mirando al suelo-. Sé que tus dos hijos salieron, todo el mundo habla de ello.
-No puede ser- mascullo entre dientes-. ¿Cuántas probabilidades había de que nuestros hijos salieran?
-Casi nulas- dice Annie abriéndose paso entre otros dos mentores, o padres, ya no lo sé-. Eran casi inexistentes, pero aquí estamos.
Me quedo mirándola por largo rato. Annie es mentora, como yo. Me extraña que haya querido seguir siéndolo después de todo y algo en su mirada me dice que no está aquí precisamente por gusto. Pero, la única razón lógica que encuentro para que esté aquí, es que Finn haya salido también, lo cuál, en parte, no me resultaría raro, y, por otra parte, me aterraría. Mis más oscuras sospechas se confirman cuando unas lágrimas cristalinas resbalan por sus mejillas y Gale la abraza.
-No pasa nada, Annie. Cada uno hará lo que pueda, no puedo garantizarte nada, pero Oliver no matará a tu hijo, eso lo sé.
Ahí está. Es tan surrealista como verdadero. Tan impensable con cierto. Tan real que duele. No sólo son mis hijos los que están en peligro, no sólo yo estoy sufriendo. No sólo Sarah y Jaden corren el peligro de morir y que no vuelva a verlos jamás. Annie y Gale también pueden perder a sus hijos. Ahora es mucho más difícil eso de intentar salvar a Jaden. No puedo sentenciar a Sarah, pero tampoco puedo matar a los hijos de mis amigos. Es imposible. Si antes lo tenía claro, ahora es algo así como una obligación.
-Lo tenían planeado-digo-. Es técnicamente imposible que todos nuestros hijos, los hijos de mentores, salieran.
-¿Cómo lo sabes?- Peeta abre la boca por primera vez desde que llegamos.
-Pensadlo. Si Sarah hubiese salido, pero Jaden no, y, por ejemplo, Oliver sí, hubiese sido una coincidencia. Incluso que mis dos hijos hubiesen salido podría haberlo sido, sin embargo, al salir los cuatro, todos siendo hijos de mentores, de las personas que luchamos contra el Capitolio, no se trata de pura suerte, o, en este caso, mala suerte- hago una pausa para ver si siguen lo quiero decir-, se trata de un patrón.
-Un patrón- repite Annie.
-Sí. Estoy segura de que en las urnas correspondientes a nuestro hijos todas las papeletas llevaban sus nombres, así no podría haber manera de que saliera otro.
-¿Con qué fin?
No me había dado cuenta de que Johanna y Enobaria se habían unido a nuestra conversación. Las veo, ahí, no dentro del círculo que hemos formado, pero lo suficientemente cerca como para escucharnos. Ellas no tienen hijos, o, al menos es lo que creo, así que supongo que si están aquí es porque verdaderamente lo desean o están completamente locas.
-Supongo que con el fin de hacernos daño- admito. Aparte de para vengarse de mí, y de todos los que me rodean, claro-. Quieren venganza. Ya sabéis, entre todos acabamos con los Juegos.
-No del todo- me recuerda Haymitch, que como todos, se hace un hueco en el círculo-. Por lo menos me alegra ver que no estamos solos. Supongo que Katniss tiene razón- me mira a los ojos, asintiendo-, todo esto estaba planeado.
-Genial- suelta Peeta-. ¿Y ahora qué?
Todos se quedan callados, pensativos, imaginando una respuesta, algo que resuelva nuestro problema. Sé que ya no sólo se trata de mis hijos, sino que, además, están vidas de personas conocidas en juego, así como otras vidas que no merecen ser despedidas. Cierro los ojos. Me duele en el alma tener que volver a ser el Sinsajo, tener que dar la cara por un país entero. Pero lo necesito. Me necesitan. Si no lo hago, si no resurjo de entre la cenizas y me pongo a la cabeza, entonces no se podrá ganar la guerra. Todos confían en mí, en que yo halle la solución, en que consiga, de algún modo, traer de nuevo la paz. Si lo hice una vez, ¿qué me lo impide ahora?
-Voy a entrar- anuncio. Me doy cuenta de que mi voz ha sonado un poco por encima de las demás voces y no me conviene que lo sepa todo el mundo. Así que, me acerco más a todos ellos, que me miran expectantes-. Voy a volver a la arena- susurro y me llevo el dedo índice a los labios para que no digan nada. Ya de por sí somos el centro de atención, tanto porque somos caras reconocidas y porque somos el grupo más grande reunido en la sala.
-Vamos a volver- me corrige Peeta, buscando mi mano.
-¿Qué?- suelta Haymitch, consternado-. ¿Pretendéis suicidaros?
-Para nada- replico-. Pretendo salvar a mis hijos, y a todos los demás tributos- digo a la defensiva-. ¿Qué te hace pensar que no puedo lograrlo? Soy el Sinsajo- le recuerdo y me enderezo-, no quiero decir que pueda con todo, pero si conseguí desafiar al Capitolio una vez, lo haré todas las que hagan falta.
-Me gusta la idea- dice Johanna-. Cuenta conmigo para lo que sea.
A Enobaria se le iluminan los ojos y Annie esboza una triste sonrisa. Gale, por su parte, aprieta la mandíbula y asiente mirando a Haymitch, que niega con la cabeza.
-¿Me quieres explicar cómo vas a saltarte todo el control de seguridad, cómo te vas a colar en un cilindro y cómo, con todas esas cámaras por toda la arena, vas a conseguir cruzar el estadio, encontrar a tus hijos, en caso de que salgas después de todos los tributos, claro, y traerlos de vuelta? ¿Te crees que vas a lograr burlar todo lo que tenga preparado? ¿Sin morir en el intento?- el mentor comienza a reírse, pero entonces, alguien lo empuja y ocupa su lugar.
-Beetee- exclamo.
-Bonita idea- me dice-. Y, querido Haymitch, puede conseguirlo.
¿En serio? Me recuerdo a mí misma que Beetee es el hombre que supo cómo romper el campo de la arena, cómo conseguir salir de ella, así que, al igual que sabe cómo salir, lo mismo también sabe cómo entrar. Además, contamos con todo el apoyo del 13, y eso quiere decir que tenemos bastante tecnología a nuestro alcance. Claro, puedo lograrlo. Sólo necesito algo de ayuda.
-¿Cómo?- pregunta Haymitch incorporándose al grupo de nuevo.
Se hace un silencio. No sé contestar a esa pregunta. Beetee parece saberla, él ha dicho que puedo hacerlo. Todos los miramos hasta que finalmente se coloca con un dedo las gafas en su sitio y dice:
-¿Qué os parecería entrar por un aerodeslizador, desconectar las cámaras mientras Katniss y Peeta pisan la arena y hacernos con el control de la sala de Vigilantes? No sería complicado.

Por suerte no han retocado mucho a mis hijos, más que nada porque sus estilistas fueron los míos y porque ya les habían hecho algunos arreglos para la boda. Así que los tengo casi iguales, quizás les falte algo de pelo aquí y allá, pero no han tenido un gran cambio. Sonrío en cuanto los veo. Aunque sé que no voy a estar mucho tiempo ahora con ellos.
-Odio esto- suelta Jaden dejando caer los puños con fuerza-. No lo entiendo. Si se supone que nos tenemos que matar dentro de unos días, ¿por qué tanto arreglarse ahora?
Siento un nudo en la garganta. Mi hijo parece haberse hecho a la idea de tener que matar. No sé si llegado el momento se atreverá a hacerlo, a manchar sus manos, pero está claro que lo tiene muy presente. Está aquí para jugar a un juego mortal, no para vestirse bien.
-Es un programa de televisión, ante todo- digo resoplando-. Esta noche será el desfile por el Círculo de la Ciudad y luego pasaremos al Centro de Entrenamiento. Cuatro días duros, prueba privada con los vigilantes, entrevista pública y arena- resumo y cierro los ojos con ganas de llorar.
-¡Vaya fastidio! ¿También vamos a tener que arreglarnos para la entrevista?
Asiento con la cabeza y lo abrazo. Él se queja por tener que volver a pasar por un proceso parecido al de hoy y yo río. Nunca le ha gustado peinarse, ni ducharse, ni llevar ropa incómoda.
-Quejica- le dice Sarah sacándole la lengua-. No haces más que quejarte siempre, idiota.
-¿Oye, qué te pasa conmigo?- Jaden se suelta de mis brazos y mira a su hermana con recelo-. ¿Tienes algún problema?
-Tu existencia- responde ella con furia-. Siempre molestando, siempre en medio.
-¡No es mi culpa!- grita el chico y cierra los puños con fuerza.
-Mocoso.
-Tonta.
-Enano.
-Imbécil.
Me quedo asombrada. Nunca los había visto así. Jamás han tenido una pelea así de fuerte. Puede que algún día, por cualquier tontería como comerse el trozo más grande de tarta o quizá sentarse en el mejor sitio del sofá, se hubiesen dicho un par de insultos o gritado un poco. Pero ahora en sus ojos veo rabia y odio acumulado. Veo desesperación y no me gusta nada.
-¡Basta!- me interpongo entre los dos que se estaban acercando el uno al otro demasiado y no me gustaría nada que llegaran a las manos a minutos del desfile-. Ahora vais a tranquilizaros. Nos vamos a ir donde están los carruajes y cuando estemos en nuestra planta vais a hacerme el favor de decir que os pasa. Pero ahora, no quiero oír ni un insulto más, ni una queja más y mucho menos que os intentéis pegar- ambos intentan discutir mis órdenes pero no les dejo-. ¡No! Luego lo hablamos, ahora haced el favor de comportaros.
Los mentores y padres tenemos un sitio reservado cerca de los patrocinadores, en la calle donde se realiza el desfile, cerca del Centro de Entrenamiento. Lo que no pensé nunca era que iba a presenciar lo que es ser mentor. Cuando eres tributo no te das cuenta de que están ahí todo el rato, de que velan por ti, se emborrachan para no sentirse tan mal y trabajan para intentar salvarte la vida. No sabía que Haymitch vio el desfile desde aquí, al igual que tampoco sabía que todos los mentores se quedan esperando en una habitación hasta que los estilistas y maquilladores acaban con sus tributos.
Uno a uno veo a los tributos pasar. Lo malo de ser del 12 es que te tienes que tragar todos los trajes, todos los carruajes y todas las reacciones de los capitolinos, aunque este año no se parecen a las que tuvieron en mis juegos. No me fijo mucho en las vestimentas, excepto las del 4, que Finn va casi desnudo y la chica tributo parece morirse de la vergüenza con el atuendo tan ligero que lleva. Cuando pasa el carruaje del 10, me pregunto cómo será el traje de mis hijos. Supongo que será muy al estilo de Cinna: llamas, negro, rojo y algo que cause impacto. No temo que salgan desnudos. Es lo bueno de tener a Cinna en todo esto.
Parpadeo innumerables veces cuando veo a mis hijos. Me froto los ojos y miro a Peeta, pero él está tan asombrado como yo. No me lo esperaba. Nadie se lo esperaba. Supongo que todo el mundo creía que las llamas llegarían con el 12, pero Cinna ha decidido sorprendernos y dar un giro radical.
Mis hijos no van montados sobre el carruaje, sino que están sobre dos caballos negros de pelo largo, robustos y enormes. Las riendas, los estribos y las sillas son de oro y mis hijos, en vez de tener algún atuendo oscuro, van enteros de blanco. Ambos llevan como una especie de túnica con un solo adorno en el hombro derecho de oro.
Ambos miran al frente y cuando las cámaras enfocan sus rostros y yo los veo en las pantallas que hay colgadas, veo que no tienen expresión alguna. De repente, ambos tiran de las riendas con fuerza y los caballos comienzan a ir más deprisa, cada vez más, y más. Adelantan al carruaje del 11, y luego el del 10, la gente se queda absolutamente asombrada y, cuando creíamos que todo estaba visto, un humo negro comienza a salir de la vestimenta de ambos, hasta envolver a todos los carruajes por los que pasan. Los distritos 11, 10, 9, 8, 7 y 6 quedan envueltos en una neblina. Las cámaras no recogen ningún dato, ninguna imagen. Comienzo a asustarme y a creer que el invento de Cinna no ha funcionado esta vez cuando, de repente, dos bolas de fuego atraviesan la niebla en dirección opuesta hacia donde tiran todos los caballos. De repente, las dos bolas de fuego se unen y se detienen. El humo consigue disiparse y veo a mis hijos sobre los caballos, uno posicionado hacia la derecha y el otro hacia la izquierda. Los caballos relinchan a la vez y hacen un cabriola, entonces, corren de nuevo, esta vez a un ritmo más pausado, hasta llegar a su destino, donde se detienen.
August parece perplejo con el espectáculo que han dado mis hijos y una sonrisa se dibuja en mi rostro. Cuando pensaba que no podría haber más sorpresas, una capa de llamas blancas se extienden por la espalda de Sarah y de Jaden y el nuevo presidente de Panem se queda con la boca abierta.
-Debemos irnos- dice Haymitch levantándose de su asiento.
-¿Por qué?- pregunto dándome la vuelta.
Veo que tanto Johanna, Enobaria y Annie hacen los mismo que el mentor, así como otros mentores, sin embargo, los nuevos mentores, los padres, y Peeta y yo que no tenemos ni idea de cómo funciona esto, nos quedamos sentados.
-No sé si lo recordarás, pero cuando entrasteis en el Centro de Entrenamiento nosotros- señala a los mentores-, ya estábamos allí.
-Es cierto- recuerdo.
-Bien, cuando el presidente da el discurso, los mentores se dirigen hacia allí- explica-. Vamos.
Los experimentados nos conducen por unos pasillos subterráneos. Andamos por al menos cinco minutos y luego giramos hacia la izquierda, recorremos lo que queda de pasillo y subimos unas escaleras. Abro la puerta roja que tengo enfrente y que pesa bastante, entonces salgo al interior de una grandísima habitación donde los primeros tributos están entrando. Me empujan y salen antes que yo algunos padres desesperados por reencontrarse con sus hijos y Peeta me agarra del brazo para no caerme.
-No saben respetar- dice.
-Me doy cuenta- contesto-, aunque nosotros deberíamos estar igual que ellos.
-Bueno, ya hemos pasado por esto antes.
-De distinta forma- cierro los ojos y pasamos al interior.
Haymitch saca una petaca del bolsillo y le da un largo sorbo. Me mira con complicidad y me la tiende pero niego con la cabeza, no me gustaría tener que volver a desmayarme o vomitar como en el tren. Cinna y los demás estilistas entran por otra puerta y me doy cuenta de que al cerrarse parece que no es una puerta. Por fuera tiene los mismos colores que la pared y es como si se camuflara, de hecho nunca había visto esa puerta, y tampoco por la que yo acabo de entrar. No sabía que estaban ahí.
-El Centro de Renovación y el Centro de Entrenamiento así como otros edificios están conectados mediante una serie de túneles- me susurra Haymitch que parece haberse dado cuenta de mi perplejidad-. Cada túnel tiene un color diferente en las paredes, así sabes adónde vas, pero en cuanto sales al edificio que conecta uno con otro, bueno, es como si esa puerta no existiera. Ya sabes, si los tributos saben de su existencia, pueden intentar escaparse- me aclara y luego se echa a reír-. Secretos que descubres cuando eres mentor.
-¿Y se puede lograr? Escaparse.
-Oh, querida, nunca lo he intentado- vuelvo a darle un trago a la petaca y se la guarda-. Mira a tus hijos- los señala-. Este año Cinna supo renovarse y hacernos estar con la boca abierta un rato.
Alcanzo a Peeta y ambos le damos la enhorabuena al estilista, que, como dice Haymitch, este año nos ha impresionado a todos. Él parece contento, satisfecho de su trabajo, y esboza una elegante sonrisa. Alega que no ha sido para tanto, aunque por el brillo de sus ojos, sé que piensa todo lo contrario.
-¿Cómo hiciste lo de los caballos?
-Bueno, supuse que quitar la carroza y poner a tus hijos sobre sus lomos sería algo impresionante, así que pedí que se entrenarán a los caballos para que hicieran justo lo que han hecho. El traje, el humo y las llamas fue algo que tenía pensado desde hace tiempo y sólo tuve que desarrollar la idea.
-Pues ha sido perfecto- sonrío.
Mis hijos bajan de sus caballos negros y los acarician antes de correr a abrazarnos. Sarah tiemblan en mis brazos, supongo que de la emoción, y al ver de cerca el adorno dorado, sé que de ahí ha salido todo ese humo. Las llamas supongo que habrán sido como siempre, sólo que Cinna les ha cambiado el color.
Jaden da saltitos alrededor de su padre y cuando ve a Cinna lo abraza con fuerzas diciendo que ha sido la mejor experiencia de su vida y que quiere volver a repetirlo.
-Mamá, casi me da un infarto encima de eso- señala su yegua negra-, pero si vuelvo a casa con vida quiero que me compres uno- añade con una sonrisa resplandeciente en el rostro.
-Saldrás con vida- respondo automáticamente y luego le acaricio el pelo-, tú y tu hermano- le guiño un ojo.
-¿Cómo?- pregunta casi escandalizada.
-Es un secreto, pero te lo prometo.
Vuelve a abrazarme y le doy un beso en la frente. La quiero tanto. Me da remordimiento el pensar que he elegido a su hermano, aunque en realidad, todos sabemos que si lo he escogido a él es porque lo veo más débil que Sarah.
-Muy bien. Cinna, el trabajo esta vez supera el sobresaliente, pero, por mucho que me guste ver caras de odio a uno y otro lado de la sala, nuestra planta nos espera- Effie sale de la nada, envuelta en un traje verde y mira a Haymitch de reojo.
-Claro- digo yo mirando al resto de tributos que parece fijarse bastante en mis hijos.
Subimos al ascensor que nos dejará en nuestra planta, sólo nosotros, aunque somos bastantes: Cinna, Effie, Haymitch, Sarah, Jaden, Peeta y yo. Me pregunto cómo estará Gale, cuándo volveré a encontrarme con él, Johanna, Enobaria , Annie y Beetee. Todos debemos reunirnos pronto para concretar un buen plan en poco tiempo. Lo peor de todo es que no nos vamos a poder preparar físicamente. De repente me alegro de no haber dejado la caza.
Nuestra planta, la más grande y espaciosa del resto, sigue igual a como la dejamos hace tantos años. No ha cambiado nada, salvo los avox. No los conozco, aunque tienen la misma expresión que los anteriores. Pasamos todos dentro y veo cómo mis hijos, curiosos, comienzan a tocar todo aquello que ven poco común.
-Se nota que no han nacido con los juegos presentes- me dice Peeta cogiéndome la mano-. Nunca se han preocupado por la falta de comida, las teselas o salir en la Cosecha, y por eso ahora están como si no pasara nada, como si fuera un viaje. Sé que en el fondo son conscientes, ambos, pero no como nosotros.
Asiento con la cabeza. Para ellos en realidad esto es como un juego. No saben lo que va a suponer, sí, en teoría creen saber que se van a tener que matar, pero no han pasado los años de vida que tienen con el miedo de estar hoy justo aquí, no han visto unos juegos de verdad nunca, y eso los hace ser menos agresivos y fieros. Es como dice mi marido, piensan que están en una especie de viaje, no saben que se van a encontrar, no intuyen que los van a matar. No son conscientes del todo y eso me preocupa, aunque también me da esperanza; los otros niños están igual que ellos y la mayoría de mentores son padres que no han pasado por la arena, lo que me daría gran ventaja tanto si consigo entrar como si no. Sus hijos nunca irán tan preparados como los míos, y sus padres nunca estarán tan concienciados como yo.
Al llegar al salón veo que hay una mujer de pie, dándonos la espalda, contemplando algo por la ventana. Sin girarse dice:
-Esto no ha cambiado nada.
Es Paylor.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Capítulo 10 (Parte I)


La venganza es una acción infinita. Es algo que continuamente está en nuestro corazón y lo que nos impulsa a cometer ciertos actos. Es lo que hace que nuestras manos queden manchadas de sangre y en nuestro interior la rabia nos consuma a fuego lento. Hace que nos desnudemos de nuestra personalidad y nos pongamos un traje nuevo, un traje frío y oscuro, sin sentimientos, vacío. Arranca de nuestro interior lo peor que podamos tener y lo saca a la luz para llevarnos a nuestro fin; hacer justicia. La venganza justifica los medios para conseguir sus propios propósitos. En cuanto se despierta es una fiera salvaje que nos destruye a nosotros y a todo aquel que nos rodea. Es, en si, el mal de nuestra alma, la condena que nos atosiga, el tormento que sufrimos, pero también la llave que hace que el dolor desaparezca. Gracias a ella podemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para que los problemas se solucionen. La venganza es un arma peligrosa, pero la más afilada y eficaz de entre todas. Si no existiera me ahogaría en mi propio mar de desesperación. Así que esto es lo que me queda. Arriesgar lo que tengo y lo que me han quitado para tomarme mi propia justicia y servir de buena gana todo lo que ahora poseo y me invita a hacerlo; la propia venganza.
No dejo de pensar en otra cosa. No puedo mirar a nadie, ni hablar con nadie. Necesito tiempo para estar tranquila, para que la venganza llene cada extremo de mi cuerpo hasta que no quede ni un ápice de piel sin ella. La necesito. Sé que si no lo hago, si no dejo que me atrape entre sus garras, me derrumbaré para siempre. Me quedaré en un estado como el de mi madre cuando mi padre murió y eso es justo lo último que mis hijos necesitan en este momento.
¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible que Sarah y Jaden, ambos, vayan a los Juegos? No lo entiendo. ¿Qué probabilidades había de que fueran los dos? ¿Cuántas? No culpo a Effie por sacar ambas papeletas, pero algo me dice que hay trampa. ¿Cómo si no voy a explicar que los dos hijos del Sinsajo tengan que batirse en duelo a muerte? Pero lo que más me preocupa es qué voy a hacer. Teniendo en cuenta que este año hay más tributos y éstos nunca han visto una espada, ¿cómo voy a hacer para salvar a uno de los dos? ¿Cómo voy a pedirles que maten? Y lo más importante, ¿a quién salvo? ¿Sarah? ¿Jaden? ¡Son mis hijos! No puedo alentar a uno y hacer que el otro muera. Los quiero a ambos por igual.
Juró por todo que me vengaré. Que seré silenciosa como un felino, amenazante como un oso pardo, rápida como un halcón y mortal como una cobra. Mataré al nieto de Snow. Mataré a todo aquel que haya puesto un simple grano de arena para hacer que los Juegos hayan vuelto y que mis hijos formen parte de esto. Prometo que seré tan dura como un diamante y tan implacable como un huracán. La tormenta de Katniss se avecina y nadie está preparado.
Pero mi plan de venganza y todo el odio y rencor que podía albergar se vienen abajo cuando Peeta entra dentro de nuestro compartimento en el tren que nos lleva al Capitolio. Es verlo y toda mi furia queda apartada temporalmente. Me echo en sus brazos y lloro abiertamente.
-He venido a ver cómo lo llevas.
-Mal- digo-. No se puede llevar de otra forma, intento ser fuerte, Peeta, pero me puede.
-Lo sé. Yo estoy igual. Lo siento.
-Tú no tienes la culpa. Es el Capitolio. Es este nuevo gobierno.
Me acaricia el pelo y me mece suavemente hasta que me tranquilizo un poco. Peeta deja asomar algunas lágrimas pero hoy es él el valiente en esto. No va a dejar que sus ganas de llorar sean un obstáculo para mí y algo que haga que me ponga peor.
-¿Eres consciente de lo duro que vamos a tener que trabajar?
-Peeta, no podemos salvar a uno. Tiene que ser ambos.
-Eso no es viable.
-Lo haré posible. No sé cómo, pero lo haré así.
-Katniss, no es que estemos justamente en el puesto de privilegiados y no creo que nos vayan a conceder honores. Esto seguramente sea parte de una conspiración y van a ir a por ellos. Sé que duele, pero tenemos que elegir a uno.
-No puedo.
-Está bien- se hace el silencio durante segundos-. Elige- me ordena.
-Pero has dicho...
-¡Elige!
Elegir entre dos de tus seres queridos, entre dos personas que son tuyas, que les has dado la vida, que has visto cómo han crecido y les has ido enseñando todo lo que sabías es lo más duro a lo que me enfrento. Podré batallar en mil guerras y matar a personas desconocidas, podré ponerme en peligro y sacrificarme si es necesario, pero elegir ahora significa intentar salvar a uno y firmar la sentencia del otro.
-Jaden- digo quebrando mi voz.
Es, de los dos, el más indefenso. Tampoco es que haya pensado mucho en la respuesta, pero, por algo que no reconozco, me he sentido peor cuando he oído su nombre en la Cosecha. Puede que sea porque Sarah me ha recordado tanto a mí que algo me dice que aunque ayude a Jaden, ella puede ganar por si sola.
-Bien, yo me quedo a Sarah.
-¿Qué?
-Ocúpate de entrenar a Jaden, yo lo haré con Sarah. Si uno de los dos muere, será el otro el que viva. Si uno elige a uno, y el otro al que queda, entonces uno de los dos se salvará.
-¿Ese es tu plan?
-Por ahora sí, ya veremos lo que se nos ocurre. Tenemos mucho en que pensar, Katniss- y tras decirme esto y darme un beso en la frente, se marcha fuera del compartimento.
Pensar. Ahora lo único que tengo en mente es hacer una larga lista de nombres y encargarme personalmente uno por uno. Les arrebataré todo lo que tengan y les haré sufrir lo mismo que yo estoy sufriendo ahora. Sí, la bondad y la compasión ahora mismo no tienen cabida en mi corazón.
Al cabo de un rato pensado en cómo puedo acabar con la vida de mis enemigos, me doy cuenta de que en vez de estar planeando tantas cosas debería estar junto a mis hijos. Apenas sí hemos compartido unas palabras en el Edificio de Justicia y sé que me necesitan en estos instantes. Salgo de mi compartimento y me encamino hacia el vagón-bar.
-Hola, preciosa- me saluda Haymitch sin mucha expresión en la voz.
-¿Dónde están mis hijos?
-Supongo que con su padre. ¿Te has dado cuenta de que tienes que ejercer de mentora?
-No estoy para bromas.
-Lo sé- se incorpora de su asiento y me enseña la botella que tiene en la mano-. ¿Quieres?
La verdad es que emborracharse sería la manera más rápida para acabar con el dolor que me comprime el pecho momentáneamente. La manera más cobarde, sí. Si decido coger esa botella sé que no pararé. Si fuera yo la tiene que luchar y meterse dentro de un estadio, entonces no dudaría en beber hasta desmayarme, pero por mala suerte son mis hijos los que están en peligro.
-No. Ya lo hice una vez. No más, por ahora.
-Oh, entonces he de suponer que si tus hijos no salen con vida, beberás.
-Lo dices como si pudiesen salvarse ambos- musito.
-¿Acaso no ganasteis vosotros dos?- deja la botella en una mesa y se levanta-. Pueden hacerlo, no me cabe la menor duda.
-Irán a por ellos, Haymitch- replico.
-Tampoco lo dudo. Pero, si te dijera que hay una remota posibilidad de que ganen los dos, o al menos de que salgan con vida, ¿qué harías?
Me quedo callada, contemplando la moqueta del suelo como si allí estuviera la respuesta. Sé que es algo imposible. Aunque quiera creer las palabras del mentor, sé que mis hijos están condenados y como mucho podría sacar a uno. Si dijéramos que sólo estuviera Sarah, o sólo Jaden, entonces sería un poco distinto. Me centraría sólo en uno y no me preocuparía por el otro porque sabría que estaría bien. Pero en esta ocasión son ambos y no puedo traerlos de vuelta a los dos. O Sarah, o Jaden. Además, no quiero que mis hijos manchen sus manos.
-Es mentira. No te creería.
-Bien-. Hace una pausa larga y pensativa, silenciosa-. Es justo lo que pensaba que ibas a decirme, así que no voy a malgastar tiempo en intentar explicártelo. Cuando lleguemos al Capitolio lo verás con tus propios ojos, pero, Katniss- se acerca a mí y me mira intensamente a los ojos-, recuerda lo que todo el mundo te ha dicho. Lo que Paylor te dijo en el 13.
-Que pasase lo que pasase, y viese lo que viese...
-...nunca olvides quién es tu verdadero enemigo.
¿Y qué quiere decir con esto? ¿Que voy a tener que luchar contra todos los parientes de Snow? ¿Qué mis enemigos son todos aquellos que me amenazan? ¿Que no sé quién es realmente mi enemigo? No lo comprendo, al igual que tampoco entiendo eso que no se va a molestar en explicarme y que luego veré con mis propios ojos. ¿A qué se referirá?
-Recuerda, Katniss, que esos niños no son amenaza alguna. Su padres sí vivieron para conocerte y saben perfectamente quién eres.
-Ser el Sinsajo no va a cambiar nada- sentencio.
-Oh, querida, ahí estás muy equivocada. Ser el Sinsajo lo es todo.

Capítulo 10 (Parte II)


Rendirse a veces puede resultar la mejor opción, le camino sencillo, corto, sin peligro. En ocasiones la redención es nuestra mejor vía de escape y nuestra salvación. Puede que huir en el momento oportuno y de la manera adecuada sea lo más apropiado y aquello que nos salve la vida. Pero para mí rendirse ahora es símbolo de falta de fuerzas y de voluntad. Sería como caerme desde un acantilado al vacío o como quedarme sin ojos y no poder volver a mirar el bosque. Flaquear en mis decisiones puede costar vidas, equivocarme ahora puede suponer la muerte de mis hijos y el fin de mi existencia. ¿Quién soy? El Sinsajo. ¿Quienes son mis enemigos?
-¿Mamá?- la voz de Sarah me sobresalta-. ¿Puedo pasar?
-Claro- contesto incorporándome.
-Papá ha estado hablando conmigo sobre lo que vais a hacer.
Así que Peeta le ha dicho a nuestra hija que he preferido a su hermano antes que a ella. Bueno, tarde o temprano tenía que enterarse, a lo mejor Peeta pretende que la chica coja cierto odio hacia mí y hacia Jaden para que se centre en ganar. Quién sabe lo que puede estar planeando.
-Cariño, lo siento. Me encantaría salvaros a los dos, pero...- Sarah corre a abrazarme y yo la estrecho entre mis brazos-. Te quiero tanto.
-Lo sé. No debes preocuparte, pase lo que pase siempre sabré que si elegiste a Jaden fue porque él es más débil que yo.
-Los siento de veras- un par de lágrimas recorren mis mejillas.
-No importa, pero ahora debes ir con él. Papá ya me ha dicho lo que me toca a mí. Tú tienes que pensar en su bien. Yo ya estoy bien protegida.
-Tienes razón- digo asintiendo con la cabeza-. Pero prometeme una cosa.
-Lo que sea- contesta.
-Júrame que no harás daño a tu hermano.
Sarah se queda mirando mis ojos. Es tan parecida a mí. Tiene la misma mirada que tenía yo cuando me prometí sacar con vida a Peeta del Vasallaje. Parece estar decidida a hacer lo que haga falta para que Jaden no corra riesgo, y la verdad es que agradecería que en vez que molestarse en ganar, mis hijos se protegieran el uno al otro hasta que...
-Tú una vez quisiste salvar a papá y lo conseguiste. Yo ahora me he propuesto salvar a Jaden y lo cumpliré.
-Eres la persona más valiente que he conocido- la abrazo con todas las fuerzas. No puedo pedirle que luche por ella misma, pero tampoco la puedo alentar para que abandone a su hermano.
Caminamos juntas hacia el vagón-bar donde se está sirviendo la cena. Tanto pensar en vengarse, en rendirse, en luchar, en volver a vengarse y en matar a todo aquel que haya participado en la vuelta de los Juegos, ha hecho que se me haya olvidado que comer es necesario para seguir con vida y sobre todo con mis planes.
Nos sentamos junto a Haymitch, Peeta y Jaden. Por cómo me mira mi hijo sé que sabe lo mismo que Sarah y que ahora me ve como su potencial salvadora y heroína. Le sonrío abiertamente y luego cojo la mano de mi marido.
-Hemos creado a los seres más maravillosos del mundo- le susurro.
-Lo sé- me mira y aprieta la mano-. Te quiero.
Effie entra cuando la comida se ha servido. Tiene pegotes de maquillaje por toda la cara y el resto ha desaparecido. Se ve que ha estado llorando desde el mismo momento en que se bajó del podio, y no sé si los demás la habrán visto, pero yo no he podido verla hasta ahora. Me gustaría decirle que no tiene la culpa de nada, que no se preocupe, que todo está bien, que sigo viéndola como la Effie de siempre. Pero algo me dice que es mejor callarme por ahora. Porque si lo que digo es verdad, si de verdad me quiero vengar de todos los que hayan puesto un grano en todo esto, ¿Effie estaría dentro de mi plan de venganza? ¿Estaría también Cinna? ¿Y los estilistas? ¿Las familias de los demás tributos? ¿Los mentores?
Medito mientras me llevo a la boca trozos minúsculos de carne, una carne de caza, aunque no logro reconocer de que se trata. Pero entonces, mientras mi mente se devana continuamente en un qué hacer infinito, mi estómago rechaza de lleno lo que acaba de llegarle y me veo corriendo por los vagones hasta mi compartimento, y una vez dentro de él, sin preocuparme por haber cerrado la puerta, me dirijo al baño para echar todo lo que había entrado en mi cuerpo. De hecho, creo que echo hasta lo que esta mañana desayunamos y puede que parte de la comida del día anterior. Es tan exagerado que me mareo al tercer vómito y siento que voy a morirme si no se detiene.
Effie es la primera en llegar, cargada con una muda de ropa y un vaso de agua que rechazo de inmediato. Intenta ayudar a que me incorpore una vez que he terminado y luego me ayuda a desvestirme.
-¿La carne estaba poco hecha?
-No me hables de comida, por favor- le imploro.
-Está bien. ¿Cómo te encuentras?
-Estoy empezando a ver borroso, y omitiendo que no volveré a probar bocado en días, creo que estoy bien.
-Vamos a tumbarnos en tu cama, ¿vale?
Asiento mientras cierro los ojos y dejo que me conduzca. Me sienta en la cama y poco a poco me voy tumbado. El mareo se incrementa mucho más y casi dejo de ver por completo.
-Voy a pedir unos exámenes médicos en cuanto lleguemos al Capitolio. Llevas unas semanas mal y últimamente es peor.
-Effie...
-Te pasó en la boda, y en el 13 te desmayaste.
-Effie...
-No puedes pedirme que no lo haga. Peeta seguro que está de acuerdo.
-No es eso. Me da igual los test que quieres que me hagan. Sólo quiero decirte que...- trago saliva y me arrepiento de hacerlo porque sabe fatal. Hago muchos esfuerzos para poder hablar antes de que el desmayo llegue-, no tienes la culpa.

Al despertar encuentro a mi madre a mi lado, tomándome el pulso y palpándome la frente. Me intento incorporar pero me detiene. Vuelvo a apoyar la cabeza en la pila de almohadas que me han colocado y respiro pesadamente.
-¿Cómo estás?
-¿Qué haces aquí?
-Vuelvo al Capitolio. Pensé que estarías mejor si te dejaba sola. Me llamaron en cuando te desmayaste.
-¿Cuánto tiempo llevo así?
-Unas horas. Hoy llegaremos al Capitolio.
La cabeza aún me sigue dando vueltas y aunque quiera, no creo que tenga las fuerzas suficientes como para levantarme. Tampoco es que tenga mucha hambre aún después de haber echado todo lo que comí. Sé que debería comer algo, sobretodo sabiendo que voy a tener que estar bastante fuerte para las semanas que nos esperan.
-¿Sabes lo que es?
-Hasta no hacerte un par de pruebas, no. Pero tienes que descansar, las últimas semanas te están pasando factura.
-Y lo que me queda- digo entre dientes.
No soy consciente de el tiempo que transcurre. Simplemente permanezco en un estado entre la inconsciencia y el sueño. De vez en cuando me quedo dormida, invitando a las pesadillas a hacerse con el control de mi mente. Cuando el miedo me invade hasta el punto de no poder soportarlo ni un segundo más, entonces abro los ojos y vuelvo a quedarme mirando a la nada hasta que mis párpados se cierran y tengo otro horrible sueño.
No puede terminar así. Esta historia no puede acabar con la muerte de uno de mis hijos. Estoy segura que debe haber algo que pueda hacer. Cualquier cosa, me da igual mientras ambos estén con vida y de una sola pieza. Si yo soy la culpable en parte de que vuelvan los Juegos, me presentaré voluntaria para que con mi vida se pague el precio de todas las familias destrozadas que ahora mismo están llegando al Capitolio. Estoy dispuesta a dar el último aliento si tengo la firme esperanza y convicción de que ellos estarán a salvo y sin daño.
La puerta de mi compartimento se abre. Me doy la vuelta entre las sábanas para encontrarme con un Peeta que no ha pasado la mejor noche de su vida. Hace dos días que estamos casados y aún no hemos podido compartir una noche solos. Además, parece como si esto nos hubiese distanciado en vez de unirnos. Es como si yo al haber elegido a Jaden, y él a Sarah, un muro se hubiera levantado entre ambos, separándonos en distintos equipos, bandos que se juegan la vida de uno de sus miembros y que harán lo que sea necesario para garantizar su supervivencia.
-¿Cómo te encuentras?
-Estable, de momento. ¿Qué hay de tus ojeras?
-Supongo que Cinna podrá arreglarlo.
Me incorporo y le invito a que se siente a mi lado. Puede que, de hecho, sí que estemos algo distanciados, y que si queremos tener la mente fría y clara para centrarnos en nuestro respectivo tributo, vayamos a tener que estar así. Sin poder casi mirarnos, sin dirigirnos apenas la palabra, con la mirada apartada de los ojos del otro y sin poder fiarse, pues nunca se sabe que estrategia vas a utilizar. Sin embargo no quiero que esto sea así. El Capitolio ya nos distanció una vez. Snow hizo que pensáramos en matarnos, y ambos lo hemos intentando el uno con el otro. Después de todo lo vivido, de habernos casado, de haber tenido dos preciosos niños, ¿en serio dejo que la vuelta de los Juegos nos separe, nos distancie, nos aisle en dos mundos completamente diferentes?
-¿En qué piensas?- me pregunta.
Me acerco a él hasta aspirar su aroma y luego, agarrándolo de la camiseta, lo tiro hacia mí de modo que queda encima mío. Comienzo a besarle en el cuello, a darle pequeños mordisquitos para luego huir corriendo hacia sus labios. Intenta separarse de mí para hablar, rechistar, decir lo que está pensado, pero no se me ocurre dejarlo ir, así que aprieto todo lo que puedo mis labios contra los suyos y espero hasta no tener más aire en los pulmones.
-¿Y esto?- cuestiona.
-Te quiero- susurro.
Su mirada azul, tierna, serena como el mar, tranquilizadora y enamorada me recuerdan muchas escenas. Besos en la cueva de la primera arena. La desesperación que sentía cuando no sabía si estaba vivo o no, el estado en el que me encontraba cuando estaba secuestrado en el Capitolio. Me acuerdo de cuando me tiró el pan, de cuando me dedicó la primera sonrisa, de la escena de la playa con la perla . Cuando me agarró por el cuello, cuando venía a consolarme por la noches. El latir de su corazón mientras me arropaba con caricias. Nuestra primera vez. Cuando insistió en tener a Sarah, cuando vino Jaden. Todos los regalos simples pero importantes que me ha dedicado. Cada palabra, cada sentimiento, cada sensación a su lado. Estar enamorada de él sin reconocerlo y sin saberlo siquiera. Quererlo más que a mi vida y ser capaz de todo por él.
-No puedo permitirlo- musito para mis adentros-. No puedo dejar que me alejen de nuevo de ti.
-¿A qué te refieres?- me pregunta al oído.
-A que no voy a dejar que toda esta situación arruine nuestra relación. Tiene que haber otro modo de hacer las cosas.
Eso es lo que quiero creer, lo que llevo diciéndome todo el día. Que no puede ser blanco o negro. Necesito caminos alternativos, poder elegir entre varias posibilidades.
Peeta me ignora con besos y caricias. Entierra sus dedos en mi pelo y yo sigo el juego de su lengua. Si tan sólo pudiera volver atrás...
-¿Sabes? Hemos llegado a la estación hace cinco minutos- se separa un poco de mí, jadeando-. Es lo que venía a decirte. Lo mejor es que apenas había capitolinos apostados ahí afuera para vernos. Puede que nuestra esperanza se halle ahí.
-¿Ahí?
Entonces mi cabeza encaja una pieza de un entramado laberinto de puzzles. Atrás. Atrás. Atrás. No necesito volver al pasado, no exactamente. Lo único que tengo por obejetivo es hacer que lo que hice vuelva a repetirse. Un levantamiento, una revolución, un altercado. Lo que sea. Los capitolinos, los distritos y el 13 más que nunca estamos unidos. Ahora todos estamos dentro del mismo juego.
-Peeta, creo que tengo la clave.
-¿De que?
-Para hace que nuestros hijos vivan- recito-. Para hacer historia, justicia, venganza.
-¿De qué se trata?- pregunta curioso, dejándome espacio.
-Como lo hicimos en el pasado. Como ya lo hemos hecho antes. Peeta- hago una pausa, asimilando mi propia idea e incluso mentalizándome-, tenemos que volver a la arena.

La venganza, tan eterna, tan absoluta, es lo que me impulsa a mover la siguiente pieza. Mi vida se ha basado en un juego de ajedrez donde me ha tocado ser la reina, la pieza más importante. Creí en su momento que eliminando a Snow conseguiría ganar, hacer jaque mate, sin embargo no me dí cuenta de que él sólo era un mísero peón. Lo que ahora tengo delante, el futuro que dentro de nada acontece, es el verdadero tablero. No sé cómo, ni cuando exactamente, ni de que manera, pero entrar de nuevo en el estadio es el siguiente paso. Tengo todo un largo recorrido, grandes zancadas entre cuadro y cuadro, hasta llegar a mi objetivo principal; derrotar a todos y cada uno de mis enemigos. ¿Quienes son? Todos aquellos que juran paz y seguridad y que luego hacen del Estado lo más inútil existente. Aquellos que me temen como amenaza y que han querido hacer de estos Juegos y este nuevo gobierno una forma de venganza contra mí. Lo que no saben es que yo sé jugar mejor. No tienen ni idea de que la venganza no es suya, sino mía. Desde el momento en que mi hermana salió elegida sabía cuál iba a ser mi destino, sobrevivir. Lo he hecho hasta ahora, pero en estos momentos me toca algo más grande. He de llegar a mi meta, he de honrar cada vida que se ha perdido, he de confirmar que nunca más volverán los Juegos, que jamás habrá un gobierno como el de ahora, que Panem será libre. Así que, de nuevo, me meto dentro de su piel. Recojo la coraza que antaño había arrojado y vuelvo a colocármela sobre los hombros. Dispongo de todas las armas necesarias para librar la última batalla y salir victoriosa. Lejos queda la chica de 16 años que abandonó su hogar con muy pocas esperanzas de volver. Atrás quedan todos los recuerdos. Este es el presente. Esta es la realidad. El futuro está por determinar y estoy segura de que seré yo quien lo dicte.
Soy Katniss Mellark, tengo 32 años, estoy casada con Peeta Mellark y voy a salvar a mis dos hijos, así como a una nación entera. Algunos me conocen por otro nombre, apodo que vuelvo a acoger.
Soy el Sinsajo y he vuelto con ganas de venganza.

sábado, 3 de noviembre de 2012

Capítulo 9 (Parte I)


En mitad de la noche un grupo de agentes de la paz interrumpe la conversación en susurros que Peeta y yo estábamos teniendo. Cuando abro la puerta, aún con lágrimas cayendo por las mejillas y los ojos rojos e hinchados, me dicen que venían a comprobar que si estábamos todos en casa. Les invito a pasar, a que comprueben con sus ojos que no nos hemos movido y que les odio profundamente a ellos y sobretodo al Capitolio.
-Todo correcto- me espeta.
Pero en puesto de marcharse se queda plantado en el pasillo. Me mira a los ojos profundamente y me pone las manos en los hombros como para darme alivio y consolarme. Peeta reacciona apartándolo, pero le detengo.
-Siempre serás el Sinsajo- dice el agente-. Ojalá puedas cambiar el transcurso de los hechos. Mis hijos también entrarán en el sorteo.
Así que todos, de verdad, independientemente de si eres de un distrito o del mismo Capitolio, van a sufrir viendo como sus hijos se encaminan año tras año hacia la maldita cosecha. Y veo en los ojos del agente de la paz la angustia y desesperación que yo misma siento. Sé que si antes cabía una mínima posibilidad de hacer para que tus hijos tuvieran menos papeletas o de que alguna de forma se libraran de ir, ya no es posible. August, el nuevo presidente de Panem, nieto de Snow, lo ha hecho de esta manera. De forma que nadie pueda librarse de su yugo, y me pregunto cuánto ha tenido que pagar, o en quién se ha tenido que apoyar para que le den su apoyo incondicional. Porque antes, cuando surgieron los juegos por primera vez, el Capitolio no entraba jamás en la cosecha. No iba, así de simple. Ellos se quedaban engordando en casa, sin preocupaciones, sin temor de morir de hambre o de que tú mismo presenciaras unos juegos en primera persona, mientras la gente de los distritos moríamos como si fuésemos perros y nos enviaban a morir al espectáculo que ellos consideraban como una fiesta. Entonces, claro, el Capitolio, Snow, siempre iba a tener esa ventaja. Esas personas que no iban a ir nunca y tenían la seguridad de que eso sería así por lo siglos de los siglos, y entonces apoyarían ese gobierno hasta el final.
Yo marqué la diferencia, yo hice con las jaulas de noche el primer desafío en 64 años para, después de un vasallaje que me devolvió a la arena y una guerra, acabar con todo aquello. El Sinsajo. Yo era eso, pero ya no más. No pienso colocarme de nuevo en esa piel porque no puedo. Mi hermana murió porque yo me convertí en el Sinsajo, en el símbolo de la revolución. Y si no pude salvarla de la muerte, entonces ahora no podré salvar a nadie más.
-Suerte- le digo de todo corazón al agente-. Espero que ninguno de nuestros hijos tenga que ir- se me quiebra la voz y Peeta me sostiene en sus brazos.
-No hagáis tonterías- me susurra-. No os vayáis, es lo peor que puedes hacer, Katniss.
-No lo haré- le prometo.
Al salir ellos de mi casa y Peeta cerrar la puerta con llave, sollozo para finalmente romper en lágrimas. Lo sabía. Lo he sabido siempre. Sarah y Jaden no deberían haber nacido porque ahora pueden morir y yo puedo verlo mediante una pantalla sin poder hacer nada. Me dejo caer al suelo, hincando las rodillas en la madera y me tapo la cara con las manos.
-Tranquila, cariño- me susurra Peeta al oído-. Todo saldrá bien, te lo prometo.
-¿Y si salen, Peeta?
-No, eso no va a pasar. Sólo habrá una papeleta para cada uno.
Me remonto a hace tantos años. A ese día en que yo le dije a Prim que sus posibilidades eran casi nulas porque era su primer año y en la urna sólo habría una papelito con su nombre. Sí, una posibilidad entre miles. La mala suerte basta para que esa mínima posibilidad, en comparación con mis otras muchas papeletas, fuera lo justo. Porque aunque me intente convencer de que mis hijos sólo tendrán una posibilidad cada uno, sé que con una es suficiente para ir a los Juegos. Suficiente para morir y suficiente para seguir otro año más con vida también.
-Prim también tenía una única papeleta, y yo no podré presentarme en lugar de cualquiera de los dos si sus nombres son cogidos- lloro.
Además de que este año, estos primeros juegos de este primer gobierno, dudo mucho que se presente alguien voluntario en su lugar. Porque antes podías pensar que por venganza, por intentar ganar para traer algo de riqueza a tu familia o distrito, alguien podría ocupar tu lugar. Pero este año, estos chicos que han vivido y nacido sin Juegos, ¿puedo esperar que alguno se presente voluntario por mis hijos? Ni aún siendo el Sinsajo. Para ellos yo no tengo la importancia que puedo tener para la gente de mi edad. Así que si alguno de los dos salen, lo único que puedo esperar es que sepan defenderse.
-Gale llegará a tiempo al 2 para la cosecha- dice de repente Peeta-. Por lo menos tú y yo estamos juntos en esto. Annie y él no tienen a nadie.
Es cierto. En cuanto echamos a los agentes de la paz del jardín de Haymitch y Caesar nos dio la noticia, Gale y Annie partieron con sus hijos hacia sus distritos. Ambos con ganas de llorar, ambos maldiciendo lo que yo ahora maldigo.
-No tendremos tan mala suerte- digo para mis adentros en voz alta-. Estarán bien. No irán a los juegos y podremos escaparnos entonces.
-¿Quieres irte?
-Me prometiste que si algún día estaban en peligro entonces huiríamos.
-Sigo manteniendo mi palabra.
-Entonces que así sea. En cuando pase la cosecha, nos iremos a los bosques.
Peeta y yo nos vamos al salón. Nos sentamos en el suelo mientras la luz de las llamas bañan nuestros rostros. Lo que se supone que iba a ser el día de mi vida, de repente, se ha tornado en algo parecido a una pesadilla. Ahora mismo debería estar disfrutando de la noche junto a mi marido. Deberíamos los dos estar rumbo a alguna parte como luna de miel o acostándonos como si fuera la primera vez. Pero no, y por mucho que me apeteciera una de las dos cosas, con todo lo que se nos viene encima y la preocupación que arrastro conmigo, sería imposible.
Miro a mi marido a los ojos y me echo a sus brazos intentado no llorar más de lo que lo he hecho hasta entonces. Esta noche no dormiré, es algo que tengo claro. Sólo quiero que todo pase rápido, que me despierte de tal pesadilla, y que el caos que esté viviendo sea una especie de broma de mal gusto o lo que sea. ¿Por qué el día de mi boda? ¿Por qué cuando más soy feliz tienen que estropearlo? ¿Por qué cuando creo que por fin estoy a salvo tienen que hacerme ver que eso nunca será posible? Que por mucho que lo crea y lo intente eso de ser libre nunca será una realidad. Que cuanto más quiero algo, más intentarán robarlo. Que cuanto más me ciegue con promesas falsas, más dolor me causará el destaparme los ojos y ver la realidad ante mis ojos.
La realidad de hoy es que los Juegos, el yugo del Capitolio, la opresión, la maldad, son cosas que durante toda la eternidad van a seguir existiendo. Que pueden haber existido, existir y que existan miles de Sinsajos como yo a lo largo de la historia, pero que jamás seremos suficientes como para erradicar la perversidad que hay arraigada en el corazón de las personas.
-¿Seguiremos siendo mentores?- le pregunto a Peeta con miedo porque eso sería incluso peor que quedarme en casa si mis hijos salieran. El tener que intentar que uno de tus hijos sobreviva matando a muchos otros niños que no tienen culpa de nada.
Peeta me mira a los ojos y los cierra con fuerza, como cuando tenía un ataque y por un momento temo que hasta el Capitolio haya podido volver a arrebatármelo.
-Perdóname- dice de repente-. Lo siento, Katniss. Si llego a saberlo, a intuirlo de verdad, jamás te lo hubiese ocultado.
-¿El qué?
Entonces me acuerdo de que todos, antes, en casa de Haymitch, parecían saber algo que me habían estado ocultando y que creo que tiene que ver con lo que Peeta me va a decir a continuación. Algo que tiene relación con los juegos, con las elecciones y con no hacerme daño. Algo que tenían planeado y que según Paylor no les salió como tenían previsto.
-Paylor nos convocó hace una semana en casa de Haymitch. Tú estabas en el lago con los niños, así que todo estaba planeado de tal manera que tú no te enterases de nada porque supuestamente lo íbamos arreglar entre todos. Cosa que parece no ha sido posible.
>>Paylor nos contó que habían llegado rumores al 13 de que la elecciones seguramente estarían amañadas y que puede que volvieran los juegos. Evidentemente nadie la creyó, pero resulta ser que es cierto. Aunque no nos lo llegamos a creer ninguno de los presente, Paylor nos dio un plan a seguir. Lo primero era que no te enteraras de nada porque en el mejor de los casos nada iba a pasar y no querían darte un mal trago antes de la boda, pues la cancelarías y la idea era tener a la población ocupada con nuestro compromiso.
>>Debíamos, si pasaba, si volvían los Juegos, mantener la calma. Effie y Cinna volverían a sus antiguos puestos. Tú, Haymitch y yo seríamos de nuevo mentores, así como todos los vencedores que siguieran con vida. Pero, bueno, al ser los primeros en tantos años, habría una posibilidad y es que los padres de aquellos primeros tributos que participaran en los juegos, independientemente de si ese distrito tenía o no mentores previos, podrían ellos ejercer ese puesto. Es decir, que si por ejemplo, Oliver saliera, Gale podría ir.
-Eso es horrible- musito-. Lo es que me hayáis mentido, pero mucho más lo que van a hacerles a esos pobres padres.
-¿No fue así en los primeros? ¿No fueron los padres de los tributos sus mentores?
Me encojo de hombros. Mi mente sabe perfectamente cuál es la respuesta a la pregunta, pero ni siquiera tengo fuerzas de rescatarla. Abrazo aún más a Peeta con odio por haberme mentido, pero aferrándome a su cuerpo con fuerza porque tengo miedo a perderme. Lo necesito en estos momentos y pelearme por haberme ocultado el asunto no sería bueno para ninguno de los dos. No teniendo una cosecha con la que lidiar dentro de escasas horas. Así que al despegarme de él, lo miro a los ojos y junto nuestros labios mientras las lágrimas saladas de ambos se mezclan en nuestras bocas.

Todo el trabajo que ayer hicieron los estilistas queda abandonado a otra dimensión y las ojeras, los ojos hinchados y rojos, y los labios secos y algo agrietados lo reemplazan. Me froto la cara y me echo agua de nuevo. No hay nada que hacer, esa es la conclusión a la que llego cuando me miro al espejo por cuarta vez esta mañana. Me he pasado toda la noche llorando en los brazos de Peeta, intentando encontrar el modo de sacar fuera a mis hijos de la cosecha, pero no he encontrado nada que me sirva sin hacer daño a alguien o sin poner en peligro nuestras vidas. Así que lo único que me queda es la resignación y esperar que ellos no salgan. Ni ellos ni nadie querido y conocido, lo cuál creo que será algo difícil.
-¿Katniss?- oigo la voz de Peeta desde la cocina.
No quiero contestarle. No quiero en estos instantes hablar con nadie, ni ver a nadie, ni que exista nada. Quiero despertarme de la pesadilla que estoy teniendo. Quiero abrir los ojos y encontrarme en mi vieja casa en la Veta, a Prim dormida a mi lado, a Buttercup bufándome y a Gale esperando en el bosque para lo que será un buen día de caza. Quiero que todo vuelva a como era antes de la primera y última cosecha de Prim. Quiero que nada de lo que presencié y viví pasara, y por último, quiero que todos los que hay ahora mismo en esta casa, que todos aquellos con los que me he cruzado en mi vida, y todas esas personas que me conocen por ser el Sinsajo no tengan ni idea de que existo. Así todo sería mejor. Todo sería distinto de no haber nacido, o de no haberme convertido en lo que soy ahora y por lo que tengo que pagar. Un precio demasiado alto.
-Katniss- Peeta se acerca hasta la puerta del cuarto de baño y da unos golpecitos-. Tu madre está aquí. Quiere verte.
Está bien. He de recomponerme. Todavía no hay nada asegurado. Hay muchos niños en el 12 y no tienen por qué ser mis hijos. Sé que aún así voy a tener que ejercer de mentora, de hecho a primera hora de la mañana me llegó una carta firmada por el mismo presidente de Panem invitándome a ello, pero no puedo dejar que nada ahora mismo me derrumbe. Al menos tengo que ser fuerte por mis hijos. Si no lo hago, si dejo que todo esto me haga pedazos por dentro y me suma así en un caos algo indescriptible, entonces estaré haciendo lo que mi madre hizo tras la muerte de mi padre, cosa que no voy a consentir.
-Vale- suspiro-. Eres el Sinsajo, ¿no?- le recuerdo a la mujer que hay reflejada en el espejo-. Haz el favor de salir ahí afuera y cargar tu arco.
Y, como me he dicho a mí misma, abro la puerta y me preparo mentalmente para todo lo que sé o que intuyo saber que va a pasar en las horas siguientes. Mi madre me espera en la cocina, algo seria para lo que estoy acostumbrada a ver, y tras decirme que tome asiento y cogerme las manos dice:
-Katniss, sé que no he estado todo el tiempo ahí, a tu lado, y puede que ahora no sea el momento idóneo para compensarlo, pero quiero que sepas que estoy contigo.
-No importa, mamá. Ambas lo hemos pasado mal y ahora...
-Escucha- me interrumpe-, no te estoy pidiendo perdón, solamente digo que no puedes rendirte ahora, ¿vale? Yo lo hice contigo y con tu hermana. Ahora que tú eres madre, no puedes venirte abajo. Tienes que luchar por ellos. Yo he aprendido algo tarde, pero tú estás a tiempo.
-Mamá, lo dices como si fuera a salir alguno de ellos.
Ella agacha la cabeza, me aprieta más las manos y por un momento creo que se va a echar a llorar. Entonces se incorpora y me regala una leve sonrisa. Ahora veo que sus ojos están empañados en lágrimas y que puede que esta noche haya llorado como yo y supongo que como otros muchos ciudadanos.
-Katniss, a partir de hoy vas a comprobar que ser madre de lo que podrían ser tributos es lo más difícil con lo que tengas que lidiar. Puede que hoy se salven, sí, puede ser. Pero eso no quita que puedan salir en años posteriores, y eso, cariño, eso es lo que tienes que comprender.
Sus palabras se me clavan como si fueran miles de cuchillos afilados. Cada hoja de los mismos me traspasa con fuerza y hace que todo el cuerpo me duela. Mis ojos no pueden segregar más lágrimas, así que lo único que hago es soltarle las manos y esperar a que el agua helada que me acaba de caer por la espalda se seque de alguna manera. Aunque tiene razón. Hoy pueden salvarse, pero cada año que pase, será un año en el que perfectamente pueden salir. Cada año más papeletas, cada cosecha más posibilidades para que salgan. Reprimo de nuevo las ganas de coger a todo el mundo y arrastrarlos conmigo al bosque.
-Debemos huir- musito.
-No podemos- dice de repente Peeta-. Somos mentores, estamos atados. Será imposible y si nos encuentran nos matarán.
-Es cierto, hija- mi madre vuelve a tomarme las manos-. Estamos como al principio de todo. Sólo podemos esperar a que alguien como tú salga para mostrarnos la luz.
Con eso sé que quiere decir que no puedo volver a ser el Sinsajo. De hecho puede que haya algún tipo de protocolo para que si vuelvo a tener alguna esperanza de volver a formar algún levantamiento acaben conmigo en cuestión de segundos. Estamos todos encadenados bajo el yugo del Capitolio.
-Tenemos que salir ya mismo. El toque de queda será en unos minutos y no estamos listos- dice Peeta con voz queda.
-Sí.

Capítulo 9 (Parte II)


Me levanto de la silla, abrazo a mi madre, pues sé que ella al ser abuela también lo está pasando mal, y me dirijo hacia las escaleras. Peeta va delante mía, si mirar hacia atrás, sólo pendiente de no tropezarse. Él puede que esté peor que yo aunque no lo demuestre. Le quitaron a su familia, le hicieron olvidarse casi de mí, casi muere como un millón de veces, y encima se siente culpable por haberme insistido en tener a Jaden y Sarah, cosa que sabía que yo no estaba muy de acuerdo. Y se le suma que volver al Capitolio en estas condiciones, como mentor de dos niños que no tienen ni idea de lo que son los Juegos y que estarán más asustados que nosotros cuando fuimos, le afecta demasiado.
Sarah sale por la puerta de su dormitorio y me abraza en cuanto me ve. Ella puede comprenderlo un poco mejor que su hermano, pero aún así sé que no está preparada en absoluto. Le correspondo el abrazo con fuerza y al poco tiempo se suma Jaden. Peeta decide también abrazarnos y quedamos todos hechos una piña en el centro del pasillo. Nos sé qué es lo que ocurre, pero todos comenzamos a estallar en carcajadas nerviosas. Todos tenemos miedo y ahora mismo lo estamos liberando, juntos, unidos, fuertes y valientes, esperando que lo que tenga que ocurrir, suceda en el mejor de los casos.
-Os quiero- digo en voz alta-, y pase lo que pase nunca os dejaré solos, ¿vale?
-No lo dudamos, mamá- responde Sarah-. Siempre unidos.
-A salvo y vivos- recuerda Peeta-. Siempre.
-No pasará nada malo- termina Jaden.
Nos vestimos apropiadamente, pero tampoco para ir a un desfile de modelos del Capitolio. Algo elegantes, al fin y al cabo, si miramos hacia atrás, las ropas que tenemos ahora no se pueden comparar con lo que solíamos llevar. Y además tampoco es que apetezca mucho ponerse las mejores galas para algo que va a ser como una sentencia de muerte. Si por mí fuera, iría con lo peor que pudiese tener. Al bajar las escaleras, descubro que mis hijos ya están listos y que Peeta y mi madre ya están saliendo por la puerta. El toque de queda suena y suspiro profundamente.
-Una cosa antes de irnos- digo alzando la voz-. Quiero que todos sepáis que...- pienso bien en lo que voy a decir. Quiero que transmita fuerza y coraje, pero tampoco quiero que se arme una revolución con eso-. Los valientes no lloran y que los cobardes esconden la cabeza. No me cabe la duda de que todos vosotros sois las personas más valientes que he conocido y que hoy lo vais a ser más que nadie. Cada uno de vosotros lleva un sinsajo dentro.
Caminamos sin prisa hacia la plaza donde estará colocada la plataforma en la que un año más, Effie se subirá y tras decir unas palabras sacará las papeletas de las urnas. Después los tributos serán conducidos al Edificio de Justicia donde tendrán una hora para despedirse de sus familiares. Peeta, Haymitch y yo somos los mentores así que no sé si los padres de los tributos irán con nosotros para ejercer dicho puesto.
Cuando llegamos a la plaza un agente de la paz nos localiza e identifica y nos dice que hemos de acompañarle ya que nosotros debemos sentarnos en el escenario junto con Haymitch y la alcaldesa. Así que, antes de que mis hijos se dirijan hacia las filas separadas por edades, abrazo a los dos y les digo:
-Sois todo lo que tengo y no voy a permitir que os pase nada. Os lo prometo.
Me separan de ellos y no puedo ver con claridad lo que pasa después. Nos trasladan a Peeta y a mí al interior del Edificio de Justicia y esperamos a que nos llamen.
-Nunca tuvimos la oportunidad de saber lo que se siente- dice Peeta-. Dos años seguidos siendo tributos. En realidad nunca fuimos mentores.
-No os perdisteis mucho- anuncia Haymitch-. Ya que pensaba que me iba a librar para siempre- refunfuña.
-Nadie iba a saber que volverían- digo yo.
-¿Creéis que hay alguna manera de hacer que vuelvan a irse?- pregunta Peeta.
-Necesitaríamos una guerra, y, por supuesto, otro Sinsajo.
-¿Es que me he quedado anticuada?- replico.
-No- contesta Haymitch-. Supongo que no querrás volver a meterte en su piel, ¿no?
-La verdad es que no.
-¿Ni siquiera por nuestros hijos?
Es entonces, mediante esa pregunta de Peeta, cuando veo por primera vez que está molesto conmigo. Lo miro entrecerrando los ojos, intentando descubrir qué he hecho para que esté así. ¿Será eso? ¿El casi haberme rendido? ¿El no haber tomado cartas en el asunto? ¿El no volver a ser el Sinsajo? Mientras todas estas preguntas me rondan en la cabeza y me devano los sesos para intentar hallar una respuesta coherente, los agentes nos llevan hasta el escenario, y cuando el sol me da de lleno en la cara y veo a todos ellos niños de pie, mirándonos fijamente, el corazón me da una punzada enorme y aparto las preguntas para un momento más tardío.
Nos sentamos en los asientos indicados y busco caras conocidas entre todas las que hay abajo. Para mi desgracia hay demasiados chicos y chicas que conozco. Entonces doy con Jaden y esbozo una pequeña sonrisa. Ya ha pasado todo el proceso de identificación y no veo en él ningún signo de preocupación o alteración. A Sarah no consigo encontrarla y eso hace que me ponga más nerviosa todavía. Me incorporo un poco para ver mejor hasta que Peeta tira de mi falda para que vuelva a sentarme y mantenga la compostura.
-Están ahí, no van a ir a ninguna parte- me recuerda.
-¿Y si sale uno de ellos, Peeta? ¿Qué pasará?
-No lo sé- dice y tras un silencio suelta lo que tenía guardado-. Pasará que tenías razón y que nunca debí haberte obligado a tenerlos.
-¡Peeta! No me obligaste- exclamo-. Me convenciste, que es distinto.
-Pero no querías.
-En el fondo sí, lo único que no quería es esto de aquí.
-Lo siento- se disculpa.
-De eso nada- me acerco a él y le doy un beso corto en los labios-. Te quiero, ¿vale?
La alcaldesa nos interrumpe diciendo algo para todo el mundo, pero no me molesto en escucharla. Que diga lo que quiera, lo que le hayan dicho que tiene que pronunciar. Yo mientras seguiré pensando qué hacer, porque no puedo dejar que esto suceda año tras año de nuevo. ¿Sería bueno volver a ser el Sinsajo aunque signifique mi muerte?
Gale ahora mismo estará en el 2, entre todos los padres, rezando para que Oliver no sea el tributo masculino, que si estuviéramos en los Juegos de toda la vida, sería un profesional. Cinna llegará al Capitolio mañana o así, no sé cómo va a hacer para preparar todo lo que tenga en mente, ni para recomponerse del duro golpe. A Effie la veré en cuestión de segundos y a todos los demás, bueno, espero no verles. Aunque supongo que Enobaria, Johanna, Annie y Beetee serán mentores de sus distritos. ¿Cómo será realmente este año? Cuatro tributos más. Tributos que no tienen ni idea de lo que son los Juegos realmente. Chicos y chicas que no han pasado hambre en sus vidas, que no saben cazar y mucho menos coger un arma. ¿Serán capaces de matar o, por el contrario, esperaran a morir de hambre, frío o por alguna enfermedad? ¿Qué les tendrán los vigilantes preparado para que se desarrollen los Juegos una vez en la Arena?
Effie Trinket aparece en escena caminando lentamente hacia el micrófono, posando su mirada en mí y en Haymitch antes de pronunciar cualquier sonido. Ella no quiere hacerlo. No quiere que esto suceda de nuevo, al igual que muchos de todos los que estamos en la plaza, por no hablar de toda la totalidad de Panem.
-Bienvenidos- comienza esta vez con un tono apagado en la voz-, bienvenidos a los Septuagésimo Séptimos Juegos del Hambre y que la suerte esté siempre, siempre de vuestra parte. Creo que todos ya sabéis el comunicado que hubo anoche, y por motivos que no me están permitidos decir, se ha modificado la fecha. El sistema es el mismo aunque con alguna modificaciones. El sorteo se realizará entre chicos y chicas de 11 a 18 años, siendo dos tributos por cada distrito y dos por el Capitolio. El proceso que le sigue a esta cosecha se mantiene.
A Effie se le quiebra la voz. Cierra los ojos y creo ver en sus labios lo que es una cuenta hasta el número diez. Mientras, el silencio reina en toda la plaza y nadie se atreve a corromperlo. Ni un murmullo, ni un carraspeo, ni siquiera el sonido del aire o de algún animal se deja entrever. Ni lágrimas, ni suspiros. Nada de nada. Sólo el silencio de una gran comunidad, sólo el aplauso que podemos darle a Effie. Aunque, si lo que quiero de verdad es darle una muestra de apoyo, entonces sé lo que tengo que hacer. Me levanto de la silla y sin avanzar un paso me llevo los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y los lanzo hacia el frente mirando a todos los presentes. Sólo aquellos que saben el verdadero significado me acompañan.
-Perdonad- dice Effie-. No es fácil- traga saliva y prosigue-: como todos los años el Capitolio decide poner un video para la ocasión y esta vez no iba a ser diferentes, así que ahí lo tenéis- señala una gran pantalla y se aleja un poco del micro.
No pensaba que a Effie le fuera a afectar tanto. Puede que de lejos la hubiese puesto entre los principales. Pero supongo que no tengo ni idea de cómo se puede sentir. Ella es la que saca los papeles, ella es la que, en realidad, lleva a los tributos a la Arena. Debe ser un trabajo horrible. Además, puede que antes sí que lo quisiera hacer, pero ahora, después de todo, lo dudo.
Me levanto y me arrastro hasta ella mientras el video, distinto a todos los que he visto y que resume ambas rebeliones, se reproduce.
-Lo estás haciendo muy bien- le animo-. Ahora te queda lo último. No te preocupes. Sean quienes sean esos dos chicos no te vengas abajo.
-La última vez saqué tu nombre, y la anterior fue el de tu hermana. Si tengo la misma suerte, este año puede que coja a Sarah o a Jaden.
-No. Eso no pasará. Recuerda: una posibilidad entre miles.
El video acaba y Effie vuelve al micro. En este momento me evado. Mi mente se queda lejos de manera que mi cuerpo no sufra ni sienta nada. No sé si quiero ser consciente cuando diga el primer nombre, pero, si soy capaz, espero no derrumbarme sea quién sea.
-Las damas primero- dice Effie dirigiéndose hacia la urna de las chicas.
Mete la mano dentro y rebusca entre todos los papeles. Deseo con todas mis fuerzas que no sea mi hija, que no sea mi hija, que no sea mi hija. Trago saliva con mucha fuerza y busco la mano de Peeta para que me dé fuerzas. Cuando Effie se sube al podio para leer las palabras que se encuentren escritas en el pequeño papel blanco, cierro los ojos. <<Que no sea yo>>, pienso sin querer como cuando tenía 16 años. <<Que no sea ella>>, me rectifico.
Effie acerca sus labios al micrófono y recita:
-Sarah Mellark- se ahoga en sus palabras y yo me tambaleo en el asiento.
Un murmullo gigantesco se extiende por toda la plaza y veo cómo mi hija, perdida entre todas las chicas, se dirige hacia el escenario sin vacilar. No lo duda ni un segundo. Es como si llevara toda la vida sabiendo que iba a terminar así, como si hubiera ensayado, como si lo supiese de antemano. Veo en ella mi reflejo. Y, aunque lucho por levantarme y gritar a toda voz que me presento voluntaria, sé que no puedo hacerlo y que si lo hiciera seguramente me arrestarían. Así que me quedo donde estoy, intentando asimilar que voy a ser mentora de mi hija y que ahora, el tributo masculino que salga estará directamente sentenciado por mí, porque pienso sacar a mi hija con vida de estos Juegos.
Sarah sube al podio y en vez del habitual cordial saludo, las cámaras recogen un abrazo amistoso y protector por parte de Effie a la chica. Entonces, sin más dilación, la acompañante se dirige a las urnas de los chicos, en el otro extremo del escenario, y rebusca meticulosamente entre todas las papeletas. Debe elegir con cautela cuál de ella le dará vida al próximo tributo, porque sabe que no puede sacar a mi hijo. Y ahora no deseo que sea él. Deseo que alguien se presente voluntaria por mi hija. Quiero que alguien con mi espíritu dé su vida por ella.
Effie sube de nuevo al podio y se seca un par de lágrimas. Con mucho esfuerzo consigue doblar la papeleta y, tras echarse las manos a la cabeza y dejar caer el papel, musita:
-Jaden Mellark.
El mundo se detiene por completo.